13 de febrero

EL GRAN RIO GRANDE

América, como ningún otro continente, despertó la codicia humana y demostró que la ambición de algunos no tenía límite ni obstáculo que los pudiese detener.

Tras el fabuloso rescate pagado en oro por Atahualpa, acuerdo que nunca se cumplió, los españoles, sedientos de riquezas, se lanzaron a la búsqueda de un lugar donde imaginaban que las especias y el oro eran tan abundantes como el agua o como las piedras del camino.

Entonces dos españoles, Pizarro y Orellana decidieron viajar hacia el oriente de Quito en busca de ese lugar mágico que derrotaba a todas las fantasías.

La expedición había partido desde el Cuzco, y finalmente desde Quito se emprendió el asalto final hacia ese lugar desconocido del que apenas sospechaban sus riquezas.
Eran doscientos veinte españoles, cuatro mil indios, y cuatro mil llamas ayudaban en la carga, y abastecían de carne y leche. Completaban aquella marcha dos mil cerdos, dos mil perros de caza, centenares de caballos. Esta expedición, la más importante que se haya emprendido en América, iba acompañada de un sacerdote dominico, Gaspar de Carvajal.
Mientras una parte de la expedición avanzaba por la orilla, los otros hombres avanzaban por un río de aguas rápidas, comandados por Orellana.

Y, de repente, narra la historia, se vieron ante la desembocadura gigante que era la confluencia del Amazonas con el río Napo.

Sucedió un día como hoy, 13 de febrero de 1542 y así fue descubierto, por los europeos, el río más caudaloso del mundo.

Tras esa epopeya, sobrevivieron muy pocos hombres. Y de ellos solo queda el recuerdo de una gesta que nos permitió conocer mejor la naturaleza, para sentirla más nuestra, para admirarnos más, y para protegerla con todas nuestras fuerzas.

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