15 de noviembre

UN HILO PARA MEDIR EL COSMOS

Hubo un niño al que la educación religiosa lo hizo solitario y desconfiado, y siempre pensó que estaba lleno de pecados y entonces luchó por alcanzar la salvación de su alma.

Para lograrlo, pensaba debía estudiar lo más grande que, según él, Dios había hecho: El cosmos, la inmensidad de la noche con sus estrellas y planetas.

Con el tiempo, se convirtió en profesor de matemáticas, pero era un fracaso: nadie le entendía, y era enredado y gruñón… y pronto se quedó sin alumnos.

Para completar, sus afirmaciones matemáticas no fueron del agrado de la iglesia y tuvo que huir para escapar de la inquisición.

Su madre también, una mujer de más de setenta años, pasó varios años encarcelada y encadenada, acusada de brujería y estuvo a punto ser llevada a la hoguera.

Este hombre se llamaba Johaness Kepler, gran astrónomo alemán. Nunca tuvo dinero, tuvo una precaria salud, y su matrimonio no era el más feliz…

Y aun así, calculó la órbita de los planetas y su recorrido alrededor del sol.
Todo su equipo era un trozo de hilo y un fragmento de metal en un extremo, que sostuvo con su brazo estirado, durante muchas horas, muchas noches a lo largo de muchos años, para poder calcular lo imposible.

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Con aquel trozo de hilo Kepler descubrió, por ejemplo, que los planetas giraban alrededor del sol, no describiendo un círculo, sino una elipse.

Estos y otros descubrimientos echaron por tierra afirmaciones equivocadas que se creían ciertas durante más de dos mil años.

Kepler estaba muriendo un día como hoy, 15 de noviembre de 1639. Y aunque sumergido en la noche de los tiempos y el silencio, los planetas, en su sempiterno movimiento, proclaman su gloria y su talento.

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