21 de octubre

EL PODER DEL REMORDIMIENTO

Hubo un niño como muchos en el mundo: enfermizo, de temperamento triste, cuyos días pasaban en medio de intensas dificultades económicas por la pobreza de su padre.

Pero la falta de dinero no impidió que el joven fuera un gran estudiante y que el padre se convirtiera en un buscador de fortuna.

Y en la Europa de su tiempo, como en los tiempos actuales, el gran negocio eran las armas. Y aquel hombre terminó fabricando minas y proyectiles.

A partir de entonces, su hijo tuvo fortuna y viajes, y la ambición de perfeccionar armas y elementos más poderosos de destrucción.

Aquel jovencito se llamaba Alfredo Nobel y aprovechando su vocación por la química logró crear un poderoso explosivo.

Y fue tan poderoso, que por un error destruyó su empresa y mató a varios trabajadores, entre ellos a su propio hermano.

Ante el peligro, todos los países le prohibieron trabajar en su territorio y Nobel tuvo que montar su empresa en un barco. Y cuando logró crear la dinamita, entonces las grandes potencias del mundo no solo le ofrecieron su territorio sino también la nacionalidad.

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Tiempo después, Nobel se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, pero entró en una profunda depresión al descubrir terror y la destrucción que su invento generaban.

Para compensar en algo el daño causado, Nobel decidió que su fortuna premiara, cada año, a las personas que hubieran hecho algo importante por la humanidad en física, medicina, química, literatura y paz.

Nobel, el hombre que le dio el nombre los premios más famosos del planeta, estaba naciendo un día como hoy, 21 de octubre de 1833.

Y nos recuerda que así como la inteligencia puede destruir, también puede ser fuerza que aliente los más grandes ideales.

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