27 de febrero

EL HOMBRE AMARGO

A veces la vida es una fuerza caprichosa que lleva a los humanos por derroteros nunca imaginados. Y eso fue lo que le sucedió a un niño llamado Alexei Maximóvich Peshkóv.

Era un niño ruso, nacido en el siglo XIX, y a muy temprana edad quedó huérfano de padre y madre, y solo, a la deriva, en medio de un mundo hostil y cambiante.

A los nueve años ya había probado ser panadero, cargador, zapatero, pintor, vendedor de frutas, agricultor, lustrabotas, ordeñador, y uno de estos empleos le cambió la vida para siempre.

Aquel niño trabajó como ayudante de cocina en un barco que navegaba por el río Volga y el cocinero le prestaba libros para que leyera en sus momentos libres.

Entonces en aquel pequeño nació el deseo de leer mucho, más cada día, y alguna vez llegar a ser escritor.

Y así fue: el mundo lo conoció luego con un nombre diferente cuando, ya escritor famoso, decidió llamarse Máximo Gorki, porque Gorki en ruso quiere decir amargo y era la forma de no olvidar su infancia, ni la vida de otros que también sufrían.

Pero la Rusia zarista que Gorki tuvo que enfrentar al principio, le cobró caro su espíritu solidario con los pobres de su patria y en un momento Máximo Gorki, el gran novelista, fue a parar a la cárcel.

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Y un día como hoy, por suerte, estaba abandonando la prisión y marchaba al exilio. Era un 27 de febrero de 1905.

Y como ejemplo en medio de las dificultades, lo recordamos con esta frase suya

“Se sale uno del camino, pierde todos los senderos y, al final, cansado de buscarlos, aprieta los dientes y se adentra en la espesura por entre los árboles derribados, podridos, por los movedizos pantanos y, en definitiva, siempre sale al camino”

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