El periodista más bravo del mundo

Si don Ambrose Bierce estuviera vivo, nos tendríamos que quitar el sombrero en su presencia. Fue el periodista más bravo que haya existido. Sobre su escritorio tenía una calavera: “Es de un viejo amigo”, y al lado, una cajita transparente, con cenizas: “Son las de un viejo enemigo”.

Bierce era hijo de un fanático religioso gringo, que todo lo que tenía eran 13 hijos, una esposa que sostenía a esa enorme familia y una Biblia, que era el único libro admitido en casa. Por alguna razón, Ambrose Bierce odiaba a toda su familia, incluyendo a una hermana suya, misionera en África, que fue devorada por caníbales.

Bierce apenas pudo estudiar un año, contra viento y marea. Y aun así, se convirtió en el más famoso e influyente periodista del Siglo XIX en los EE.UU. Después de una carrera en la que su palabra era la más respetada y temida, un día escribió una carta a su sobrina.

En ella le decía: “Tengo 71 años. No quiero trabajar más. En cualquier momento puedo morir, y no lo quiero hacer al resbalar por las escaleras, o mojado en mis orines, en la cama. La mejor forma de morir es dando bala. Me voy a México, a vivir y a morir la revolución. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiéndelo”. Y así sucedió. Bierce se marchó a México y simplemente desapareció. Murió, al parecer, fusilado por alguno de los dos bandos, contra el muro de un cementerio. Pero antes de morir había escrito esta fábula contra sus colegas, los periodistas:

Un día llegaron al pueblo tres señoras llamadas Inteligencia, Honradez y Dignidad. Había llovido y el camino de la estación de tren hasta el hotel estaba cubierto de pantano. Ante tal circunstancia, el Alcalde, para proteger a tan distinguidas visitantes, les ofreció unas botas de caucho, que les cubrían hasta las rodillas.  “Podéis usar estas botas. Así estaréis a salvo de la gruesa capa de lodo que cubre la calle”, dijo el Alcalde.

Ante la propuesta, las señoras Inteligencia, Honradez y Dignidad, simplemente se negaron: “No os preocupéis. Nada puede mancharnos”, dijeron las tres, al unísono. “Entonces, ante vuestra negativa, los periodistas de la ciudad se han postrado, para que caminéis sobre sus cabezas”, informó el Alcalde. “En ese caso, exigimos usar botas”, respondieron las tres señoras.

Ambrose Bierce, maestro de la sátira, era un pensador de espíritu aristócrata, agudo, al que nunca se le dobló la cerviz ante nadie del género humano, especie que consideraba “una cosa a medio camino entre las ovejas y las vacas”.  No cuento lo que decía de otros seres humanos, porque saldrían a buscar sus huesos para volverlo a fusilar.

elPeridositaMasBravo

En ajedrez también, se trata de vivir, es decir, de matar y de morir con elegancia.

Fuster-Balogh, Budapest, 1964.

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