El poder del santurrón

Claro que los milagros existen. Un campesino ruso, de la profunda Siberia, aprendió a leer y a escribir. Y aunque apenas juntaba letras y escribía su nombre, fue uno de los más poderosos personajes de su tiempo.  Siendo niño, mientras jugaba con su hermanita sobre la superficie congelada de un lago, el hielo se rompió.

La niña no pudo ser rescatada y aquel jovencito se salvó en el último momento. Fueron cuatro días de fiebre y alucinaciones. Al recuperarse, dijo que lo había visitado la Virgen María. Entonces se hizo místico. Y también borracho, ladrón, mujeriego, predicador, embustero. Se llamaba Grigori Yefimovich y el mundo lo conoció como Rasputín, es decir, El Depravado. Otros lo llamaron luego ‘El Monje Loco’, aunque más locas y más locos estaban sus seguidores de ambos sexos.

Aunque sus arrebatos místicos lo llevaron a una correría a pie por los principales monasterios de su época, Rasputín tampoco rehuía los excesos. Cerraba los burdeles para él solo, y se revolcaba con todas las mujeres hasta el agotamiento. En una ocasión el cura de la aldea lo vio salir de un lugar de esos, y como reconocía a Rasputín por ser predicador, lo quiso desprestigiar ante todo el pueblo: “¿Qué hacías metido allí, Grigori Yefimovich? ¿Estabas buscando a Dios?”, le espetó el cura. “Dios está en todas partes, inclusive allí, pero menos en tu iglesia”, le respondió Rasputín.

Luego  se convirtió en predicador del ‘Klisticismo’. Una propuesta religiosa en la que el pecador debía llegar al tope de los excesos y al más doloroso arrepentimiento, para agradar a Dios. Hombres y mujeres lo seguían por doquier, felices con sus orgías desbocadas y sus profundos remordimientos.

Y un día, con el cuento de que curaba enfermedades por mandato de Jesucristo, llegó hasta la decadente corte rusa, donde la familia miraba con horror la enfermedad del heredero del Zar. Rasputín decía curarlo y eso significó un poder absoluto. Pronto nombraba y destituía ministros, asignaba negocios y presupuestos. Y en sus horas libres, a las zarinas, adolescentes de una belleza frutal, las bañaba desnudas, y perfumaba sus cuerpos. Esto con el consentimiento de la Zarina, y ante el silencio impotente del Zar. “Si algo no me gusta, grito, doy un puñetazo sobre el escritorio del Zar, y digo que me marcho. Él se pone a temblar y la zarina se arrodilla y me besa las botas sucias de pantano, para pedirme perdón”.

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Y un día, en uno de los asesinatos más dramáticos de la historia, el Príncipe Yussupov, uno de los hombres más ricos del mundo, que quería que Rasputín, que también era homosexual, lo curara de su homosexualidad, acabó con su vida. Pero esa es otra historia. Por lo pronto, en ajedrez, los humildes también definen grandes destinos.

tablero_teacordaras hermanoSkuratov, Svedshikov, San Petersburgo, 1972.

1:  T5T, TxT
2:  PxC y corona.

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