EL QUIJOTE CASI NACE EN MACONDO.

Cervantes empieza diciendo que El Quijote era de un lugar del que, el mismo Cervantes, no quería acordarse. La verdad es que no podía, porque  entonces Macondo no existía. Todavía no había un lugar “de veinte casas de barro…a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban sobre un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. Cuando se lee el Quijote en perspectiva, y se saborea a la par de la literatura latinoamericana del realismo mágico, se descubre que los dos géneros se dan la mano por encima del tiempo y las alucinaciones.

Cuando Colón llegó a América, sin saber a dónde había llegado, la novela de caballería estaba en la cúspide. Este género literario era todavía un borrador de lo que hoy llamamos novela. En aquel entonces, el espíritu de la caballería estaba alimentado por protohéroes, al estilo del teatro griego, llamados por los dioses para cumplir tareas imposibles, en las cuales apuntalaban grandes ideales religiosos y políticos. Ideales que en el fondo y en la superficie eran lo mismo.

macondo

En esas novelas tampoco había límite para la razón. Un caballero, por la gracia de Dios, en pos de su amada, y en defensa de su fe, era capaz de derrotar a ejércitos enteros. Por supuesto que eran ejércitos de infieles, que por desconocer la verdadera religión, eran perversos y siempre cobardes.

Aquella novela de caballería era una especie de pensamiento macondiano de finales de la edad media, alebrestado, excitado por la convicción delirante de ser portadores de verdades reveladas por dioses todopoderosos y únicos. Y a esa locura del pensamiento, se sumó, de la noche a la mañana, la aparición de una tierra nueva. Era la más grande, exótica y rica que nunca nadie jamás pudiera haber imaginado. García Márquez dice que Macondo era un mundo tan reciente que muchas cosas carecían de nombre. América también carecía de nombre para ellos. Y sigue careciendo porque hasta hoy, en los mapas europeos, a las islas del mar Caribe las siguen llamando “Indias Occidentales”. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, es decir, quinientos años más tarde frente al juicio de la historia, los europeos todavía no entienden lo que pasó. Y con algo de razón. Es que un continente, y uno como el nuestro, no se descubre todos los días.

Así como Melquíades se sacaba y se ponía la dentadura postiza para terror de los paisanos, y se hacía viejo y joven un segundo, y así como los gitanos ofrecían alfombras voladoras, América fue el desconcierto para los parroquianos europeos que llegaron a nuestro continente. Aquí la realidad derrotaba a la fantasía. Un cronista español escribe: “Los soldados decían que todo era un sueño. Ellos se tomaban de la mano para no caer, para poder soportar el ver cosas nunca vistas, para escuchar cosas nunca oídas, para poder entender lo que sus ojos percibían: todo era más esplendoroso que todo lo soñado y lo imaginado”. En ese mapa inagotable de realidades fantásticas, cada uno fundó su propio mito. Y aparecieron las amazonas, y la gente que tenía un solo pie, y personas con orejas tan grandes como parasoles, y con ombligo en la espalda, o que dormían parados en la cabeza.

Al regresar a Europa, estos cronistas espontáneos alimentaron la imaginación colectiva. Y, en medio de lo imposible, surgieron los hombres y mujeres de carne y hueso, a los que les sucedían las cosas más cotidianas, o a los que un golpe de suerte les cambiaba el rumbo de sus vidas. Ordeñadores, convertidos en marqueses, busconas, en respetables señoras, curas ascetas, en sementales de indias y de negras. Esas historias eran el retoño de la novela moderna. Y después llegó el gran brujo, Cervantes. A partir de América, Cervantes supo que todo podía suceder. Lo que él hizo, no tiene parangón en la literatura: Para burlarse de la novela de caballería, escribió la mejor novela de caballería de todos los tiempos, y con ello la enterró por siempre.

Y queda la pregunta de la respuesta imposible, ¿Qué habría pasado si Cervantes hubiese venido a América? Urgido, acosado por las deudas, pidió varias veces al Rey un cargo público en Cartagena de Indias. Cuando Cervantes quiso venir, ya estaba embarazado de El Quijote. Ya lo tenía en mente. Ese hijo, El Quijote, hubiese visto la luz en nuestro continente de cara, no a la reseca meseta castellana, sino de cara a todos los colores del mar caribe, en medio de conquistadores, indios y esclavos.

No fue posible. “América, amparo y refugio de los desesperados de España”, según decía Cervantes, se quedó sin que El Quijote pisara nuestra tierra, y sin el cuerpo de Cervantes.

Aunque algunos dicen que no. Que acá están, que Cervantes no vino, pero sí El Quijote. Es que en el imaginario de algunos campesinos españoles, los dos personajes se confunden. Hace muchos años, en un lugar perdido en las montañas de Ponferrada, un campesino español me explicaba que por esos lugares donde hoy apenas quedaban ovejas y algunos lobos, había pasado El Quijote. Me hablaba en serio. Me mostró dos o tres casas de piedra en las que el Hidalgo se alojó y desde la cuales escribió cartas a su amada Dulcinea. Nunca quise decirle que aquello era ficción, porque para él no lo era. Y me dijo lo más sorprendente, lo que alguna vez hubiese querido escuchar Garcia Márquez, para escribirlo: “Ya, cansado de palizas, se fue a vivir a América y está enterrado en Popayán”. Y es verdad: en esta ciudad colombiana existe la leyenda, no creída por nadie, pero respetada por todos, de que los restos de El Quijote reposan en la Iglesia de la Ermita. Inclusive existe una placa que lo recuerda. En fin: cuando conté al campesino que yo vivía a mil kilómetros de Popayán, me hizo prometerle que alguna vez visitaría aquella tumba para llevarle una flor. Le dije que sí. Todavía no cumplo la promesa.

, , , , , , ,

No comments yet.

Deja un comentario

Facebook