Elefantes de luto

Vitus Droscher, etólogo alemán, cuenta que un granjero sudafricano vio cómo una manda de elefantes cruzaba sus sembrados de maíz, con la consecuente devastación. Entonces tomó un poderoso fusil, apuntó sobre la hembra líder del grupo, y disparó. Una, dos, tres veces.

Aquella mole inmensa se derrumbó herida de muerte, en medio del barritar aterrado de los otros elefantes que vacilaron un momento pero terminaron por huir. Enseguida el granjero dio la orden de descuartizar al animal, montar aquella masa sanguinolenta en un camión y arrojarla a un basurero distante cuatro kilómetros de su granja.

Esa misma noche una extraña mezcla de ruidos desordenados inundó la atmósfera: eran los elefantes que regresaban y traían en sus trompas, agitándolos contra el viento, los restos despedazados de su compañera muerta, en medio de un barritar sordo y adolorido.
Los elefantes iban unos tras otros, en una patética procesión fúnebre, y llegaron hasta el lugar donde la hembra había caído muerta. Entonces dispusieron sus restos sobre una pila y los cubrieron con ramas y algo de la tierra polvorienta. Y así estuvieron durante tres días, dando profundas muestras de dolor.

El granjero, dice Droscher, no volvió a disparar.

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