ES MEJOR NO DEBERLE NADA A NADIE

José Martí, el Apóstol de la Independencia Cubana fue un convencido, desde siempre, de su vocación libertaria.

Tenía 16 años cuando reclamó a un compañero de colegio el haber tomado la decisión de enrolarse en el ejército español. Su compañero lo denunció y Martí fue condenado a 6 años de trabajos forzados.

Después, el gobierno español le cambió la condena por el destierro, y Martí viajó a España donde pudo sumergirse en el mundo de las letras. Allí leyó a los clásicos y a los autores “duros”  de aquel entonces: A Darwin y Marx. No obstante, Martí siempre fue un creyente acrisolado y en sus textos, muestra de alta elegancia literaria, de fina inteligencia, se adivina a un cristiano convencido. Son múltiples las referencias a Jesucristo, a quien tomaba como su norte ético.

En España Martí se licenció en Derecho Civil y Canónico, en Filosofía y Letras, y lo hizo con lujo de notas. Pero nunca pudo reclamar los títulos porque no tuvo dinero para cubrir las exigencias de la universidad del pago por los derechos de grado. Falta de dinero: una pesadilla que también lo persiguió más tarde, cuando se lanzó a la lucha armada. Entonces pensó en sus compatriotas, allá lejos, en New York.

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Martí viajó a la gran ciudad en la que había un colonia importante de cubanos millonarios. Dio una conferencia y pidió dinero para comprar machetes y armar a sus campesinos en la lucha por la independencia de España. Esas eran sus aspiraciones. El grupo de millonarios se reunió, consideró la petición de Martí, y le remitió un cheque con el aporte global: US$50.00. Cincuenta dólares.  Martí devolvió el cheque. Mejor no deberle a nada a nadie. Y menos a gente como aquella.

Cuando se desataron los combates, Martí estuvo al frente. Y en un mayo de 1895, finalmente cayó abatido por las fuerzas españolas. El comandante de las tropas realistas tuvo un gesto de nobleza: Dado que el cuerpo quedó en su propio territorio y los combatientes cubanos no lo podían rescatar, el comandante ibérico ordenó honores militares a José Martí. Tal era la grandeza de aquel combatiente de alpargatas que se lanzaba al combate con todo heroísmo, y que fue reconocido por sus propios enemigos. Martí tenía apenas 42 años cuando recibió los tres balazos que acabaron con su vida.

Ya lo decía: “El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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