Jovencitas: no, no sean así de castas…

El libro – una de mis joyas–, lo escribió un tal abate Marachal a principios del siglo XIX y allí recoge una serie de recomendaciones para las jovencitas que se acercan a la pubertad.

El curita se dedica a comparar a las jóvenes con las flores, y les pide que sean así de hermosas y finas, así de castas y delicadas.

La belleza de la rosa. La humildad de la violeta. La delicadeza de la amapola. La dulzura de la margarita. La no sé qué más cosas de no sé que más flores.

El curita Marachal, suponemos que estará en el cielo, debe estar pagando allí algún castigo y es posible que realice trabajos forzados en los jardines porque, aunque sabía mucho de castidad, de botánica no tenía ni la más vegetal idea.

Por tanto estudiar religión y asuntos del sexo en el cual daba profundas y sabias recomendaciones a las chiquillas, no tuvo tiempo de descubrir que las flores son el órgano sexual de las plantas, y en esa medida, ningún otro ser vivo presenta tal exhibicionismo demencial.

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¿Se imagina usted a un ser humano que hace de su órgano sexual lo más vistoso y colorido, lo más adornado y expuesto a los ojos de todo el mundo, lo más perfumado y con las formas y los adornos más exóticos? Sería considerado un enfermo mental. Pero en las flores, tal actitud solo recibe elogios de los teólogos y moralistas.

El abate Marachal debe estar en el cielo, trabajando en los jardines. Y debe sonrojarse cada vez que se acuerda de su libro, y cada vez que mira una preciosa flor…

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