La historia increíble que fue verdad

El mundo está lleno de predicadores y profetas delirantes. Pero aquellos que creen sus cuentos irracionales son los más peligrosos. Esta historia absurda –aunque no poco común–  se dio en 1856, a orillas de un río sudafricano, el Gxara, donde vivía Nongqwawse, de 14 años, en la época de la dominación británica. La pequeña se horrorizaba porque sus dioses nativos eran menos poderosos que los colonialistas blancos, dueños de tierras y fusiles y hasta de sus propias vidas.

Ella había aprendido de su padre, un sacerdote de la tribu, la manera dulce y convincente de hablar, y era capaz de llenar de fantasías las cabezas de quienes la escuchaban. Una mañana, a orillas del río Gxara, mirando el agua, dijo haber visto los rostros de bravos guerreros, sus antepasados muertos. Las figuras fantasmagóricas salieron y le hablaron. Le dijeron que llevara este mensaje a su gente: “Si queréis libraros de la dominación de los extranjeros, debéis obedecer. Quemad vuestras casas y enseres. Destruid las herramientas de trabajo. Incendiad vuestros cultivos. Masacrad vuestro ganado. Solo con ese acto de fe en nosotros, regresaremos a combatir para arrojar al invasor inglés al fondo del mar”.  La gente, enloquecida, le creyó a esa niña loca.

Y empezó la tragedia. No quedó una sola choza ni una herramienta buena. El humo del incendio de los sembrados cubrió todo el cielo y degollaron a cientos de millares de vacas y de cabras. La fecha prometida de la resurrección gloriosa de los espíritus era el 18 de febrero. Ese día el sol saldría de color rojo y llegaría hasta el cenit, para luego retroceder. En ese momento aparecerían los guerreros para atacar al invasor inglés y liberar a su pueblo.

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Un detalle adicional: todos deberían mirar fijamente al sol, durante todo el tiempo. El resultado no pudo ser peor. Al mediodía, casi todos los creyentes estaban ciegos. El sol no cambió de color, ni se detuvo. Simplemente se ocultó sobre el occidente, como todos los días. Solo ese rato, los millares de fieles sospecharon que habían sido víctimas de un engaño demencial, y persiguieron a Nongqwawse para cobrarle cuentas. Pero la chica había escapado. Al llegar la noche estaban más hambrientos que al amanecer, y sin nada qué comer.

historiaIncreibleTableroEntonces hubo una hambruna de pesadilla que redujo la población de 300.000 habitantes, a menos de 20.000 sobrevivientes de la profecía. Hoy, el pueblo Xhoxa, que habla uno de los más imposibles lenguajes del planeta, sigue viviendo en la miseria. El día de la anunciada resurrección de los guerreros, para salvar su vida, la niña huyó, y terminó refugiada en un convento de monjas. Allí murió, en paz, a los 50 años.

En ajedrez, a diferencia de la vida, no hay espacio para la locura. Solo para la razón. Kan Vs. Bannik, Moscú 1952:

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