LA VERDAD TAMBIÉN SE INVENTA. AUNQUE A VECES NOS CUESTE LA VIDA.

La historia está llena de ingratitudes. Una prueba es que no se recuerda el nombre de un lindo personaje que fue librero, ni de muchos otros. Él se adelantó a todas las películas de la mafìa norteamericana. Todos recuerdan, sí, esa escena donde al tipo lo cosían a balazos y enseguida el sicario decía: “Sabía demasiado”. A Isaac La Peyrere le sucedió lo mismo: Sabía demasiado. La Pereyre era un librero judío del siglo XVI que empezó a dudar de todo y, por supuesto, también a leer de todo.  Empezó a pensar, a saber, y un día consideraron que sabía demasiado, cuando soltó la primera herejía.

Dijo que las hachas de piedra que a veces se encontraban por ahí, en cualquier lugar, no eran producto ni de los truenos, ni emanaciones de los rayos, ni que eran trozos de roca que salían de las nubes oscuras, ni que eran coagulaciones de cosas raras que había en el cielo y que no podíamos ver. Afirmó, este librero, que esas hachas eran fabricadas por seres humanos antiquísimos que habían existido antes que Adán y Eva. Segunda herejía.

Benoit_de_MailletEsto ya era demasiado y la idea era que nadie tuviera el récord mundial de tres herejías. La Pereyre ya acumulaba dos. Así que, para empezar, su libro fue considerado impío y quemado en una plaza de París. Cuando allanaron su domicilio, encontraron algo peor: En algunas hojas sueltas, a medio escribir, Isaac la Pereyre afirmaba que la vida se había iniciado en el mar. En un momento de incomprensible generosidad, la Inquisición prefirió pasar por alto esta insensatez del librero y lo consideraron hereje, sí, pero además loco. El tratamiento era más o menos el mismo, en términos de tormentos, salvo la hoguera. La supuesta locura de La Pereyre, al afirmar que las hachas de piedra habían sido hechas por hombres antiguos, le salvó la vida. Solamente fue sometido a torturas, a lo largo de varios años en prisión, para que recobrara la razón, hasta que La Pereyre terminó por darle la razón a los dueños del poder: terminó loco y murió una mañana amarrado de pies y manos en su celda. Tenía 82 años.

Cien años más tarde otro hombre tuvo ideas parecidas, pero no quiso vivir, por supuesto, las mismas experiencias. Era un diplomático francés que había vivido en El Cairo y a partir de entonces se inventó una historia. Se llamaba Benoit de Maillet  y contó que, alguna vez, se encontró con un libro de aventuras escrito por un árabe loco. Ese autor se llamaba Telliamed. Ese era el nombre de Benoit de Maillet, al revés.  Decía cosas absurdas: que todos los animales habíamos evolucionado de otras especies inferiores. Que alguna vez los continentes estuvieron unidos, que hubo seres humanos antes de Adán y Eva, y otras barbaridades más. Ante las primeras acusaciones, de Maillet recordó que él no pensaba eso. Que apenas eran ocurrencias de un árabe loco, que él era el traductor. Así salvó su vida.

Conde-buffonPoco tiempo después, el Conde de Bufón, científico, calculó la edad de la tierra en medio millón de años, mil veces más de lo que decía la Biblia. Pero pidió que su texto fuera publicado después de su muerte, para evitar la hoguera con sus tormentos.

Es una tragedia que los mejores humanos paguen con su vida el expresar una verdad, o que tengan que ser considerados como locos, como le sucedió a La  Pereyre. O hacerse mentirosos y fingir que todo es un juego, como de Maillet. O silenciar sus verdades hasta después de la muerte, como el caso del Conde de Bufón. Tendríamos que preguntarnos por las razones de esta sinrazón. Quizás porque el poder no es cuestión de verdades y transparencias, sino de todo lo contrario: del poder macabro de la violencia abierta o disimulada, de la mentira galopando sobre la dignidad.

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