LAS LÁGRIMAS DE UN ANCIANO ENCARCELADO

Uno de los casos más conocidos del Renacimiento, es el juicio que enfrentó Galileo Galilei. La Santa Inquisición lo juzgó por un crimen imperdonable, aunque al final, tan generosos, le perdonaron la vida y no lo llevaron a la hoguera: lo condenaron a cadena perpetua.

Galileo, que ya se acercaba a los setenta años, semiparalítico y casi ciego, estuvo de rodillas, varias horas, pidiendo perdón, tembloroso, y no pudo ocultar las lágrimas varias veces. No se sabe si por miedo, o de pura indignación. Al final, mintiendo para salvar su vida, pidió perdón por sus errores, reafirmó que la tierra era el centro del universo, y se comprometió a denunciar a cualquier hereje que incurriese en esas mismas ideas demenciales. No es verdad que al levantarse haya pateado la tierra y dicho “!Y sin embargo se mueve!”, lindo colofón, pero seguro que lo siguió pensando hasta el último día de su vida, en un enero friolento.

El crimen de Galileo fue decir que la tierra giraba alrededor del sol.

Aquella sumatoria de ignominias a las que fue sometido el sabio, tenían raíces lejanas en el tiempo. La culpa, por supuesto, la tuvo la tierra por girar alrededor del sol. Después hubo otros culpables: los griegos que hace más de 2.000 años descubrieron este pecado del planeta tierra, y lo contaron. Estas ideas – que entonces no eran heréticas porque no existía la Santa Inquisición-, fueron tomadas muchos siglos más tarde por un polaco multifacético llamado Nicolás Copérnico, que era físico, abogado, matemático, militar, economista, funcionario de alto rango, sacerdote, y todavía tuvo tiempo para ser astrónomo.

Y Copérnico tuvo también algo importante: contó con la suerte de haber muerto el mismo día en el que publicó su libro. Allí decía y demostraba que la tierra no era el centro del universo. Por eso se salvó de la hoguera y de quién sabe cuántos tormentos previos.  Ese libro quedó más o menos desconocido, más o menos tolerado, durante casi 80 años, hasta que Galileo lo retomó y lo resucitó. Y lo hizo confiado en que el Papa de aquel entonces, un tipo de apellido Barberini, era su amigo personal y lo reconocía como científico. Galileo pensaba que con esto estaba vacunado contra hogueras. Pero no. Mientras más oscuridad, más llamas.

Lleno de ansiedades, producto de sus conocimientos científicos, Galileo escribió una carta dulcísima a un personaje del clero, de apellido Castelli. Le pedía que, juntos, hicieran un esfuerzo por conciliar algunos textos de la Biblia con los modernos descubrimientos de la ciencia.Ingenuo, Galileo, esperaba buenas noticias.

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El cura Castelli hizo conocer la carta a la Santa Inquisición y de allí llegó a las manos de Mafeo Barberini, que antes era su amigo y ahora era el Papa Urbano VIII. Su amigo Mafeo le habló claro: “O te callas, o te someto a juicio”. Esa frase olía a promesas de carne chamuscada. Y Galileo, sabiendo que no se trataba de bromas, guardó un pulcro y relativo silencio durante más de quince años. Hasta que un día, ya sintiéndose màs viejo, tuvo la sensación de un nudo en la garganta por todo lo que había callado y decidió escribir un libro.

La Inquisición sabía leer. Y entendió que uno de los personajes que se llamaba Simplicio (!Clarísima, la intención del nombre!) y que era marcadamente tontalicón, representaba a la iglesia. Simplicio defendía la idea de la tierra como centro del universo. Juicio, por supuesto. Amenazas, llantos, arrepentimientos fingidos, y cadena perpetua para este anciano que murió sin poder ver a su hija monja que vivía en un convento cercano a su lugar de reclusión. Como estaba prohibido verse o visitarse, entre padre e hija, durante años, se cruzaron cientos de cartas doloridas y secretas. Pero esa es otra historia. La contaré después. No ahora, porque también siento un nudo en la garganta. 

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