LAS MUJERES NO EXISTEN. Y A LOS NIÑOS NADA LES ASUSTA.

Uno de los museos más pobres e insípidos del mundo, es el de Madamme Tussaud. Es también, por supuesto, el más más visitado y con entradas más costosas. Es que en la misérrima cultura de masas, hay público para todo. En especial para esas cosas. El país que más museos Tussauds tiene es, por supuesto, los EE.UU. Seguido de cerca, claro está, por China. Y, en general, hay una veintena de estos lugares regados en distintas partes del mundo. Allí, en todos ellos, en una sucesión sin sentido, se encuentran las figuras tiesas de delincuentes, Papas, prostitutas famosas, boxeadores, cantantes y ladrones. Y también uno que otro intelectual o científico. También hay que reconocerlo.

La historia de este antro del mal gusto y de la superficialidad data del siglo XVIII y por supuesto, se inició con la reproducción de famosos personajes de la realeza. Después, algunos de ellos terminaron siendo inmortalizados, pero una vez fueron guillotinados. Sus rostros llenos de terror en el último instante, fueron reproducidos y colocados en lo que se llama “La Cámara del Terror”, o algo así. Allí comparten espacio víctimas y victimarios: Desde Robespierre, hasta Luis XVI.

Pero hubo un problema: la famosa “Cámara del Terror”, movía a los niños más a la risa y a la burla, que al escalofrío. Fracaso total. Entonces decidieron acudir a fórmulas más dramáticas. Ya no eran figuras tiesas, sino que se montó todo un escenario con efectos especiales, en un intento de que los espectadores sintieran que se justificaban los cuarenta dólares para ir a ver babosadas.

Con ese propósito, se intentó reproducir el momento y el ambiente que se vivía en el Londres victoriano, cuando se vivió, gracias al famoso Destripador de Londres, lo que se conoció como “El otoño del terror”. Allí, entre agosto y noviembre fueron brutalmente asesinadas cinco prostitutas.

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El montaje fìsico convence. El espectador penetra por la Calle de Jack el Destripador. El lugar, con refrigeradores silenciosos y ocultos, alcanza la temperatura de una noche gélida en Londres. La idea es que el visitante sienta que se le hiela la sangre. Lo logran. Primer escalofrío. El piso es irregular. Adoquines sueltos que, en un momento de pánico, complicarían una carrera segura. Las paredes están cubiertas de un limo verde, sucio. Hay una pobre iluminación a gas y se escuchan cantos ruidosos de una taberna cercana, en los que se mezclan las voces de prostitutas y borrachos. De repente se escucha un grito horripilante que se corta en forma brusca, se escuchan pasos apresurados, una sombra cruza por alguna parte y el espectador quiere salir de allí rápido, de cualquier manera. Al fondo de un callejón tirada en el piso, una mujer con la garganta despedazada. Un minuto más tarde, el espectador, algo arrepentido, aunque con una sonrisa angelical al ver que él no ha sido la víctima, está afuera, otra vez viendo el resto de la colección de rockeros y Papas, de reyes, locos, actrices y boxeadores.

Esto solo se puede apreciar en Londres, por supuesto. Cada ciudad, para atraer a su público, tiene énfasis en sus personajes locales.

En fin: todo eso, para darle gusto a los espectadores, cuando la dirección del museo descubrió que a los niños que visitaban el lugar, la famosa cámara del horror producía risa. Es que los niños de ahora, tratándose de crímenes, ven en televisión logros mejores.

Y algo que no puede olvidarse. Jack el Destripador fue un símbolo del Londres victoriano y se apuntaló como un discurso disuasivo contra todos los pecados relacionados con el sexo. Ese fue su mensaje y su papel mediático: “Mujeres, arrepentíos. Ya veis lo que os pasa por…”.

Un detalle final, curioso: existe “The Dictionary of Cultural Literacy”, en el que los norteamericanos se alfabetizan cultrualmente y encuentran todo lo que tienen que saber: Desde las intimidades de las actrices, hasta las metralletas “fashion”. En el Dictionary que fue publicado en 1988, las mujeres asesinadas por Jack el Destripador no aparecen. La definición que trae esta Biblia de la actualidad, dice: “Jack el Destripador: criminal que actuó en Londres a fines del siglo XIX, aparentemente responsable de varios asesinatos horribles por apuñalamiento”. Eso es todo. No menciona que fueron mujeres.

Vivimos en un mundo en el que a los niños esos crímenes les causan risa, y en el que las mujeres asesinadas no existen.

 

 

 

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