Página 10 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Virata miró sorprendido a los extranjeros.
-¿Quiénes sois, hermanos -les preguntó -y quién es ese que comparece
atado ante mí? Parece que venís de muy lejos.
El más anciano de ellos se inclinó entonces profundamente y dijo:
-Somos campesinos, señor, pacíficos habitantes del Oeste. Y éste que
comparece atado es un monstruo que dio muerte a más hombres que
dedos tiene en las manos. Pretendía a la hija de un honrado vecino de
nuestro pueblo; pero como es un devorador de perros y un asesino de
vacas, el padre se negó a concedérsela como mujer, dándola en cambio
como esposa a un honrado comerciante. Entonces este monstruo, lleno
de ira, se metió como un lobo en nuestro rebaño y por la noche asesinó
al padre y a sus tres hijos y, no satisfecha su ira con esto, siempre que
uno de los pastores de su víctima salía por la noche para conducir el
ganado a los pastos de la montaña, le asesinaba también. De esta
manera ha dado muerte a once hombres de nuestro pueblo, hasta que
todos nosotros nos reunimos y salimos a cazarle como una fiera. Y aquí
le traemos para que tú hagas justicia y nos libres de ese monstruo.
Virata clavó la mirada en el hombre que permanecía inmóvil, arrodillado
a sus pies, con los miembros fuertemente atados con cuerdas.
- ¿Es verdad lo que esos me dicen? - le preguntó.
-¿Quién eres? -preguntó a la vez el acusado- ¿Eres el Rey?
- Soy Virata, su siervo, y el siervo de la ley. Para expiar mis culpas
cuido de las culpa y me esfuerzo en distinguir lo verdadero de lo falso.
El acusado permaneció un espacio silencioso. Luego le miró con
angustiosa mirada y le dijo:
-¿Cómo puedes tú saber, por lo que te dicen, lo que es verdad y lo que
es falso? ¿Cómo puedes ser sabio si tu sabiduría se fía tan sólo en las
palabras de los hombres?
-De tus palabras puedo yo sacar mi respuesta, por tus palabras puedo
yo conocer la verdad.
El acusado le lanzó una mirada despreciativa.
-Yo no tengo nada que ver con esos. Y tú, ¿cómo puedes pretender
saber lo que he hecho, si yo mismo no sé lo que mis manos hacen
cuando se apodera de mi alma la ira? Yo he hecho justicia al hombre
que ha vendido una mujer por dinero, he hecho justicia a sus hijos y a
sus siervos. Ellos reclaman contra mí. Yo les desprecio y desprecio
también sus palabras.
Al oír esto, la ira se apoderó de todos los que le acompañaban y
comenzaron a gritar reclamando justicia contra aquel que, incluso,
injuriaba al juez. Uno de ellos, lleno de furia, levantó el bastón para
asestarle un golpe, pero Virata dominó con un gesto su furia y con voz
tranquila volvió a interrogar a todos. Cuando recibía una contestación
de los demandantes, se dirigía al prisionero y le interrogaba a su vez
sobre aquella declaración.