Página 11 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Entonces el acusado apretaba los dientes. sonreía con malvada sonrisa
y repetía:
-¿Cómo intentas saber la verdad valiéndote de las palabras de los
demás?
El sol del mediodía brillaba ya sobre sus cabezas cuando Virata dic por
terminado el interrogatorio. Se puso en pie y, según su costumbre,
manifestó que no dictaría la sentencia hasta el día siguiente. Al oír esto,
los demandantes elevaron las manos sobre sus cabezas.
-Señor -dijeron -, hemos viajado durante siete días en busca de tu
dictado y necesitamos otros siete días para regresar a nuestro país. No
podemos esperar hasta mañana. Nuestro ganado estará ya sediento, sin
nadie que le conduzca a los abrevaderos, y los campos exigen nuestra
labor. Señor, esperamos ahora tu sentencia.
Entonces Virata se volvió a sentar en el escalón y permaneció
meditando largo rato. Su rostro reflejaba un gran cansancio, su espalda
se inclinaba como abrumada por un enorme peso. Jamás le había
acontecido el tener que dictar una sentencia en el mismo día, sin haber
meditado antes profundamente sus palabras. Durante largo rato
permaneció inmóvil, en silencio. Las sombras de la noche iban ya
llegando lentamente.
Al fin se puso en pie y se dirigió a la fuente para refrescar en ella su
rostro y sus manos, para que de esta manera su palabra estuviese
limpia del calor de la pasión.
Luego dijo:
-¡Que mis palabras estén inspiradas por el único deseo de la justicia!
Sobre este hombre pesa la pena de muerte, puesto que ha arrancado
violentamente la vida a once hombres. Durante un año madura la vida
de un hombre encerrada en el regazo de la madre, así éste estará
encerrado un año en la obscuridad de la tierra por cada hombre que él
ha matado. Y, como ha derramado once veces la sangre de los hombres,
once veces al año será azotado hasta que la sangre salte de su piel, para
que de esta manera pague la cuenta de su maldad. Pero no quiero que
se le quite la vida, pues la vida es de los dioses y el hombre no puede
disponer de lo que es de los dioses. Si mi sentencia es justa, esta
justicia será mi mayor recompensa.
Después de estas palabras, Virata se sentó pesadamente en el escalón y
los demandantes besaron el peldaño rosado en señal de respeto.
El condenado clavó entonces su negra mirada en el juez.
Virata le dijo:
-Te pedí con dulzura que me ayudases contra tus acusadores, pero tus
labios han permanecido cerrados. Si hay un error en mi sentencia,
reclama ahora ante el eterno Dios, no ante mí, reclama ante tu silencio.
Yo quería ser benigno contigo.
El condenado exclamó, entonces: