Página 12 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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-Yo no quiero tu dulzura ni creo en ella. ¿Qué clase de benignidad es la
tuya que me arranca de un golpe la vida?
-Yo no te he condenado a muerte.
-Tú haces más que quitarme la vida, me privas de ella con ferocidad.
¿Por qué no me condenas a muerte? He matado hombre tras hombre y
tú, en cambio, me dejas abandonado como una carroña en la oscuridad
de la tierra, porque tu corazón es cobarde ante la sangre y en tu
espíritu no hay fuerza. Tu ley es arbitraria. Tu sentencia no es
sentencia, es tortura. Mátame, puesto que he matado.
-Ya te he juzgado y sentenciado.
-¿Dónde está la medida de tu sentencia? ¿Qué medida tienes, juez, para
medir? ¿Quién te ha azotado a ti para que sepas lo que significa el
látigo? ¿Cómo puedes contar los años como si lo mismo fuesen tus
horas pasadas a la luz que las horas pasadas en la oscuridad de la
tierra? ¿Has estado alguna vez en la cárcel para que puedas darte
cuenta de las primaveras que arrancas a mi vida? ¡Eres un ignorante,
no un juez! Solamente aquel que interviene en la batalla sabe de ella, no
aquel que la dirige desde lejos. Únicamente quien ha experimentado el
sufrimiento puede medir el sufrimiento. Sólo el culpable puede medir tu
orgullo para castigarle. Tú eres el más culpable de todos. Yo me he visto
cegado y arrebatado por la pasión de mi vida, por la angustia de mi
miseria; pero tú dispones a sangre fría de mi vida, me mides con una
medida que tu mano no tiene y con un peso que tu mano no ha
sostenido nunca. Estás en la silla de la justicia, pero no puedes
sentarte en ella como un juez. ¡Mides con la medida de la arbitrariedad!
¡Márchate de la silla de la justicia, ignorante juez, y no juzgues a los
hombres vivos con la muerte de tus palabras!
Los labios del condenado estaban pálidos de odio, y los demás, al oírle,
cayeron furiosamente sobre él. Pero Virata los separó con su autoridad,
se inclinó hacia el condenado y le dijo en voz baja:
-No puedo romper la sentencia que ha sido dictada en este escalón. Es
muy posible que tú hayas sido también un juez.
Después de esto, Virata se alejó a toda prisa, y los demás se
apresuraron a cargar con cadenas al sentenciado. Virata volvió la vista
atrás y vio los ojos del condenado fijos en él, llenos de una malvada luz,
y sintió entonces que aquella mirada se hundía profundamente en su
corazón; le pareció, en aquel momento, que eran los ojos de su hermano
muerto los que le miraban, de aquel hermano que había dejado tendido
ante la tienda de campaña del rival del rey.
Durante la noche, Virata permaneció sin decir palabra alguna. La
mirada de aquel extranjero permanecía clavada en su alma, como una
ardiente brasa.
Sus familiares le oyeron durante la noche, hora tras hora, ir y venir por
la terraza de su casa, hasta que la aurora resplandeció rosada entre las
palmas.