Página 13 - Los Ojos del Hermano Eterno

Versión de HTML Básico

Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
Librodot
13
13
Capítulo III
Al amanecer se bañó Virata en el sagrado estanque del templo, hizo
después sus plegarias vuelto hacia el Oeste y luego entró en su casa
para ponerse la amarilla veste de gala. Los suyos se sorprendieron al
verle vestido con el traje de ceremonia, pero no se atrevieron a
preguntarle nada.
Virata se encaminó al palacio del rey, que estaba siempre abierto para
él a cualquier hora del día o de la noche. Virata se inclinó
profundamente ante el monarca y tocó el borde de su vestido en señal
de que deseaba hacerle una petición.
El rey le miró con ojos tranquilos y dijo:
-Tu deseo ha tocado el borde de mi vestido. Antes de que la formules en
palabras, tu petición ya está concedida.
Virata volvió a inclinarse profundamente y dijo las siguientes palabras:
-Tú me pusiste en el sitio del más alto de tus jueces. Durante siete años
he administrado justicia en tu nombre, y después de todo ese tiempo
aún no he conseguido saber con certeza si la administro bien. Te ruego
que me concedas una luna de completo descanso para que, durante
este tiempo, pueda buscar el camino de la verdad. Concédeme que siga
ese camino lejos de ti y de los demás. Mi único deseo es obrar sin
injusticia y vivir sin culpa.
El rey respondió, sorprendido:
-Falto de justicia quedará mi reino hasta que vuelva a nacer la luna
nueva. No quiero preguntarte el camino que quieres seguir. Que él
pueda conducirte a la verdad.
Virata besó el suelo en señal de agradecimiento, hizo una nueva
inclinación y se marchó.
Capítulo IV
Al anochecer, entró Virata en su casa y llamó a su mujer y a sus hijos.