Página 15 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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En la primera cueva se oía todavía ese rumor perdido a lo lejos. En la
segunda cueva reinaba ya el terrible silencio, como en el fondo del mar
debajo del inmóvil y frío espejo del agua. Por las rocosas paredes
resbalaban lágrimas de humedad, no se respiraba ya el puro aire de la
superficie y, a medida que Virata iba andando, sus pasos resonaban en
la inmensa frialdad del silencio.
En el quinto agujero, el más profundo bajo la tierra, muy por debajo de
la superficie donde las cimbreantes palmeras elevaban su gracia hacia
el cielo, se hallaba la celda del condenado. Virata entró en aquel antro y
elevó la lámpara sobre su cabeza. Oscuras masas de sombras se
confundían al incierto resplandor de la luz.
Se oyó el rechinar de una cadena. Virata se inclinó sobre el ser que
yacía en el suelo.
-¿Me reconoces ? -le preguntó.
-Te conozco. Tú eres aquel que, sentado entre los grandes señores,
decidiste mi suerte.
-Yo no soy ningún señor. Sólo soy un servidor del rey y de la Justicia.
He venido para servir a ésta.
El prisionero elevó sus sombríos ojos y los clavó en el rostro del juez.
-¿Qué quieres de mí?
Virata permaneció largo tiempo silencioso. Luego dijo:
-Yo te hice daño con mis palabras, pero tú también me hiciste daño con
las tuyas. Yo no sé si mi sentencia ha sido justa, pero sí sé que en tus
palabras estaba la verdad. No se puede medir con una medida que uno
no conoce. Yo he sido un ignorante y quiero convertirme en un sabio.
He condenado a muchos cientos de hombres a esta pavorosa cárcel y no
sé nada de la cárcel. Quiero orientarme y aprender a ser justo. Quiero
que, al morirme, no haya culpa en mi alma.
El condenado le miraba sorprendido y, de cuando en cuando, sus
cadenas sonaban suavemente.
-Quiero saber lo que es la pena que tú sufres; quiero que mi cuerpo
conozca la mordedura del látigo, lo que son las horas de prisión para el
alma de un prisionero. Por espacio de una luna quiero permanecer en
tu lugar; quiero saber y pagar con esa experiencia mi culpa. Después
podré dictar mis sentencias con pleno conocimiento de su peso y de su
crueldad. Entre tanto permanecerás libre. Te daré la llave que te
conducirá a la luz, serás libre durante el espacio de una luna.
Prométeme que luego volverás a buscarme a esta obscuridad donde se
habrá hecho la luz en mi sabiduría.
El prisionero se puso vivamente en pie, las cadenas pendían a lo largo
de su cuerpo.
-Júrame -continuó diciendo Virata-, por la despiadada diosa de la
venganza, que volverás. Si lo juras te daré la llave y mis propios
vestidos. Dejarás la llave cerca de la yácija del carcelero y podrás
marcharte libremente. Tu juramento te ligará al dios milenario y,
cuando la Luna esté a punto de terminar su círculo, irás a ver al rey y