Página 16 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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le entregarás este manuscrito para que él quede informado de lo
ocurrido y disponga según sea de justicia. ¿Juras ante el dios
multiforme cumplir lo que te ordeno?
-Lo juro -respondió el prisionero, con voz que el temor hacía
temblorosa.
Virata le quitó las cadenas y IEE puso su propio vestido sobre los
hombros.
-Aquí está mi vestido. Dame el tuyo. Cúbrete el rostro para que ningún
guardián pueda reconocerte. Toma ahora estas tijeras y córtame el
cabello y la barba para que yo tampoco pueda ser reconocido por nadie.
El prisionero tomó las tijeras y, temblando, las metió entre los cabellos
del juez. Su mirada era suplicante, pero comenzó a cortar como se le
había ordenado. De pronto arrojó las tijeras al suelo y exclamó con voz
estridente:
-Señor, no puedo soportar que tú sufras por mí. Yo he matado, he
derramado sangre con mi despiadada mano. Tu sentencia era justa.
-No puedes volverte atrás, puesto que has jurado. Ni yo tampoco, pues
dentro de mí ha nacido la luz. Márchate como has prometido, y el día de
la luna nueva preséntate al rey, que él me liberará. Entonces habrá
nacido en mí la sabiduría, sabré lo que debo hacer con respecto a ti y
mi palabra estará libre de injusticia. Márchate.
El prisionero se inclinó y besó la tierra.
Pesadamente chirrió la puerta en la obscuridad. Una vez más saltó la
llama de la lámpara como un animal moribundo. Luego la noche se
precipitó sobre el tiempo.
Capítulo V
Al día siguiente, por la mañana, Virata fue conducido por los carceleros
al campo que se hallaba situado delante de la puerta de la ciudad y allí
le azotaron, en cumplimiento de la sentencia dictada por el juez. Nadie
le había reconocido.
Cuando el látigo mordió por primera vez su espalda desnuda, Virata
lanzó un grito; luego apretó fuertemente los dientes. Pero cuando hubo
recibido veintisiete golpes sintió que se le nublaba la vista y perdió el
sentido. Entonces se le llevaron otra vez al calabozo, como si fuese un
animal muerto.
Al volver en sí, Virata se encontró de nuevo encerrado en la obscuridad.
Las heridas abiertas en su espalda le quemaban como fuego. Sintió, sin
embargo, en su frente una dulce frescura y respiró un suave perfume