Página 17 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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de hierbas silvestres. Una mano se había posado sobre sus cabellos y
aquella caricia parecía que aliviaba sus sufrimientos. Lentamente abrió
los ojos y miró en torno. La mujer del carcelero estaba junto a él y
humedecía su frente. Virata la contempló sorprendido y vió que la
estrella de la compasión brillaba en los ojos de la mujer. A través de las
torturas de su cuerpo, Virata comprendió entonces el sentido del
sufrimiento y el inmenso poderío del bien. Dulcemente floreció en sus
labios una sonrisa y ya no se dic cuenta de sus padecimientos.
Al día siguiente Virata pudo levantarse de su yácija y tocar con sus
manos las paredes del calabozo. Sentía como si un mundo nuevo
hubiese nacido en él, y cuando, al tercer día, se cicatrizaron sus
heridas, sintió que la fuerza volvía a su espíritu y a su cuerpo. Entonces
permanecía largas horas sentado, lleno de tranquilidad. Por las negras
paredes resbalaban las gotas de agua, lentamente, a lo largo del tiempo,
rompiendo de cuando en cuando el profundo silencio al caer sobre el
suelo, como marcando pequeñas partículas de aquel tiempo infinito que
estaba compuesto de miles y miles de días, que resbalaba día y noche,
impasible, desde los más remotos tiempos de la humanidad antigua.
Dentro de él reinaba también el silencio, una profunda obscuridad
reinaba en su sangre; pero la sangre circulaba emanando recuerdos,
corriendo como una fuente mansa alimentando el tranquilo estanque
del pasado, sin oleajes, lleno de una infinita claridad, donde se
reflejaban límpidas imágenes a cuya contemplación su corazón
permanecía suspenso. Jamás había sentido su espíritu tan clarividente
como en aquella contemplación del espectáculo de las lejanías hundidas
en el pasado.
En aquella obscuridad, la mirada de Virata era de clarividente, los
recuerdos se alzaban ante él y precisaban sus formas. El suave placer
de la contemplación limpia de deseos se cernía sobre el resplandor de
los recuerdos, que se transfiguraban en mil formas, que se
entremezclaban, como los dispersos guijarros de la prisión bajo las
manos acariciadoras del prisionero.
Entonces Virata evocaba la milenaria imagen del dios de la fuerza y se
sentía liberado de la servidumbre de la voluntad, muerto entre los vivos
y vivo en la muerte. Toda la angustia del pasado había desaparecido y
se sumergía en el suave deseo de la liberación de su cuerpo. Le parecía
que a cada momento se hundía más profundamente en la obscuridad,
como una negra raíz, como una piedra tan sólo, reposando fríamente
impasible en la ignorancia del ser.
Durante dieciocho noches permaneció Virata sumido en su
contemplación, libre de las espinas de la vida. La bienaventuranza
resplandecía en torno suyo, comprendía que había cumplido su
expiación; su culpa y su fatalidad eran sólo como un sueño en el
despertar de la sabiduría eterna.
A la decimonona noche se sintió de pronto conmovido por un repentino
pensamiento, le pareció como si una ardiente aguja le traspasase el
cerebro. El espanto sacudió entonces su cuerpo y sus dedos