Página 18 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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comenzaron a temblar en sus manos como las hojas en una rama. El
hombre al que había condenado podía ser infiel a su juramento,
olvidarle, y él entonces tendría que permanecer allí miles y miles de días
hasta que su carne se desprendiese de sus huesos y cayese al suelo y la
lengua se le secase en el eterno silencio.
La voluntad, el ansia de vivir, saltó entonces dentro de él como una
pantera; se desencadenó en su espíritu una tempestad de angustia, de
confusión y de esperanzas. Ya no podía pensar en el milenario dios de
las mil formas, sino únicamente en sí mismo. Sus ojos se sentían
hambrientos de luz; sus piernas chocaban contra las duras piedras,
querían andar, ir lejos, saltar y correr. Con toda el ansia desesperada de
sus sentidos pensaba en su mujer, en sus hijos, en las riquezas del
mundo, y su sangre hervía.
Desde este día, sus recuerdos se ensombrecieron, se alzaron como
enemigos contra él, fueron como una tempestad que le envolvía. Y él los
buscaba, deseaba que los recuerdos le arrebatasen como una hoja
muerta hacia las resplandecientes horas pasadas en la libertad; que el
tiempo corriese y le acercase a la ansiada hora de la liberación. Pero en
torno suyo reinaba tan sólo el silencio, y en el gran naufragio era como
un nadador que luchaba y luchaba horas enteras. Las gotas de agua
que resbalaban por las paredes le parecía que iban cayendo en un
tiempo eterno, sin fin. Desesperado, se alzaba de su yácija y saltaba de
un lado a otro, en la cueva llena de silencio; alocadamente giraba como
una peonza entre las paredes. Insultaba a las piedras, maldecía a los
dioses y al rey, con sus ensangrentadas uñas arañaba las rocas, y daba
golpes con el cráneo contra la puerta hasta que caía sin sentido al
suelo. Luego volvía en sí, despertaba, y como una rata rabiosa corría
por todos los ángulos de su celda.
Desde este día hasta la luna nueva se consumió Virata en su encierro.
Rechazaba la comida miserable que le llevaba el carcelero. No pensaba
en nada; sus labios iban contando mecánicamente las gotas de agua
que caían en el tiempo sin fin, intentando distinguir un día de otro día,
hasta que de pronto la cabeza se inclinaba sobre su pecho pajo el
pesado martillazo del sueño.
A los veintitrés días Virata oyó ruido más allá de la puerta de su
calabozo. Luego volvió a reinar el silencio. Después se oyeron pasos, la
puerta se abrió, una luz resplandeciente cegó sus ojos. Delante de aquel
ser enterrado en la obscuridad se hallaba el rey.
El rey abrazó amorosamente a Virata y le dijo:
-Me he enterado de tu acción, que es la más grande de todas las que se
rememoran en los escritos de los antepasados. Como una estrella,
resplandece muy alta sobre la mezquindad de nuestra existencia. Sal
afuera para que el fuego de Dios te ilumine y los ojos puros del pueblo
puedan contemplar a un hombre justo.