Página 19 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Virata apartó sus manos de los ojos, pues la luz le había herido como
un aguijón, dejándole tan sólo ver la púrpura de su sangre. Se puso en
pie como un beodo y los siervos tuvieron que sostenerle. Luego, una vez
más sereno, dijo al rey:
-Tú, rey, me has dado el nombre de justo; pero yo sé que todo aquel que
habla de justicia, que quiere hacer justicia, obra injustamente y se llena
de culpa. En estas profundidades hay multitud de hombres que sufren
con injusticia a causa de mi palabra. Sé ahora lo que les he hecho sufrir
y sé que no podré pagar sus sufrimientos. Te ruego que los mandes
poner en libertad antes de que yo salga.
El rey ordenó que se liberase a los prisioneros. Luego dijo a Virata:
-Te sentabas en la escalinata de mi palacio para administrar justicia
como el más alto juez. Ahora eres un sabio, un caballero aleccionado en
la caballería de los sufrimientos; ahora, por lo tanto, debes sentarte a
mi lado para que yo pueda oír tus palabras y yo mismo llegue a ser
sabio con tus conocimientos sobre justicia.
Virata abrazó las rodillas del rey en deseo de hacerle una petición:
-Déjame libre de mis cargas; yo ya no puedo administrar justicia, pues
sé que nadie puede ser juez, que es a Dios a quien corresponde castigar
y no a los hombres. El hombre que señala el destino a los otros
hombres cae en pecado y yo quiero vivir sin culpa.
-Sea así -respondió el rey-; no serás juez, sino consejero mío. Me
aconsejarás en la guerra y en la paz, sobre la justicia de los impuestos y
gabelas, y así no me equivocaré en mis resoluciones.
Otra vez Virata abrazó las rodillas del rey:
-No me des poder, pues el poder excita a la acción y cualquier acción
puede ser justa o no serlo respecto a su fin. Si te aconsejase la guerra,
sembraría entonces la muerte. Solamente puede ser justo aquel que no
tiene parte en ninguna obra y vive solo. Jamás he estado más cerca de
la sabiduría que ahora que he vivido aislado, sin la palabra de los
hombres. Déjame vivir pacíficamente en mi casa, sin más obligación
que la del sacrificio a los dioses. De este modo estaré limpio de culpa.
El rey le dijo entonces, contrariado:
-¿Cómo es posible contradecir a un sabio? No está permitido torcer la
voluntad de un justo. Vive, pues, según tu voluntad. Será una honra
para mi Imperio el que dentro de sus límites viva un ser liberado de
toda culpa.
Una vez fuera de la cárcel, Virata se despidió del rey. Sentía su espíritu
liberado, regresaba a su hogar tranquilo, sin preocupaciones de una
pesada obligación.
Detrás de sí oyó Virata un rumor de pasos de pies desnudos. Se volvió y
pudo ver al condenado cuyo suplicio había sufrido él. Aquel hombre iba
besando las huellas que dejaban en el polvo las sandalias de Virata.
Luego desapareció.