Página 20 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Entonces floreció una sonrisa en los labios de Virata, una sonrisa que
no había vuelto a nacer en sus labios desde aquel día en que los
aterrados ojos del hermano muerto se habían clavado en él.
Virata entró lleno de alegría en su casa.
Capítulo VI
En su casa vivió Virata días llenos de luz. Al despertarse elevaba una
plegaria de agradecimiento por ver la claridad del cielo en vez de las
tinieblas, por contemplar los colores y sentir el perfume de la tierra y la
clara música de la mañana.
Cada día era para él como un maravilloso regalo, y sentía su propia vida
dentro de sí como un prodigio, lo mismo que la dulce vida de su mujer,
la fuerte vida de sus hijos. Comprendía que sobre todo el Universo se
derramaba la bendición del dios milenario, y entonces Virata se sentía
lleno de noble orgullo al pensar que jamás causaría más daño a sus
hermanos, que jamás se movería como el enemigo de una de las mil
formas del dios invisible.
Durante todo el día leía los libros que contienen la sabiduría y
profundizaba en las formas de la devoción, concentrando su espíritu en
el deseo del bien a los pobres.
Su espíritu permanecía sereno, su palabra era dulce y los suyos le
amaban como jamás le habían amado.
Era la ayuda de los pobres y el consuelo de los desgraciados. Ya no era
conocido con los nombres de
Rayo de la Espada
ni
Fuente de la Justicia
;
todos le conocían con el nombre de
Fecundo Campo de los Consejos
, y a
él acudían para que dirimiese las diferencias y dificultades, no como
juez, sino como hombre de bondadosas palabras.
Virata se sentía entonces feliz, pues sabía que un consejo era mejor que
una orden y una avenencia mejor que una sentencia.
No sentenciaba a los hombres, los ayudaba, y comprendía que su
propia vida se había limpiado de toda culpa.
Así llegó a la mitad de su existencia con espíritu clarividente, y así
pasaban para él los años uno tras otro, semejantes a un solo y claro
día.
Su espíritu se iba haciendo cada vez más puro. Cuando acudían a él
para que dirimiese alguna diferencia, para que hiciese nacer la paz