Página 21 - Los Ojos del Hermano Eterno

Versión de HTML Básico

Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
Librodot
21
21
entre dos contendientes, su espíritu apenas podía comprender que
hubiese tanta injusticia sobre la Tierra y que los hombres luchasen
entre sí movidos por los celos o por el amor propio, como si todos no
disfrutasen por igual de la vida y de los puros goces de la existencia. A
nadie envidiaba y de nadie era envidiado. Su casa se elevaba como una
isla de paz en medio del tumulto de la vida de los hombres, lejos del
torrente de las pasiones y de la tempestad de los deseos.
Una tarde, al sexto año de su vida de paz, Virata se sintió arrebatado de
su contemplación al oír una gran gritería y ruido de golpes. Salió
corriendo de su estancia y vió que sus hijos azotaban despiadadamente
a un esclavo que se hallaba ante ellos de rodillas. El látigo mordía las
espaldas desnudas de aquel hombre hasta hacerle saltar la sangre.
Los ojos del esclavo, desorbitados por el terror, se clavaron en Virata y
éste sintió en el fondo de su alma los ojos de su hermano muerto que le
miraban. Se interpuso entre el esclavo y sus hijos y preguntó qué era lo
que había sucedido.
Pudo comprender, por las frases entrecortadas de sus hijos, que le
hablaban al mismo tiempo interrumpiéndose unos a otros, que aquel
esclavo, que estaba encargado de transportar agua en grandes cubos,
desde la fuente a la casa, muchas veces, en el ardor del mediodía,
agotado por el cansancio, se retrasaba en su trabajo, y que el día
anterior, después de haber sido castigado por su holgazanería, se había
escapado.
Los hijos de Virata habían montado a caballo y habían salido en su
persecución, consiguiendo cogerle más allá del río, cerca del pueblo.
Entonces le habían atado con una cuerda a la silla de sus caballos y,
medio arrastrándole y medio corriendo, con los pies destrozados por las
piedras, le habían traído prisionero, y no bastándoles este suplicio le
azotaban ahora despiadadamente, para que su castigo sirviese de
ejemplo a los demás esclavos, que contemplaban el suplicio
temblándoles de miedo las rodillas, hasta que Virata había llegado para
interrumpir el castigo.
Virata miró fijamente al esclavo. La arena, en tomo suyo, se veía
salpicada de sangre. Los ojos de la víctima estaban desmesuradamente
abiertos, como los de un perro atormentado, y Virata vió, en la
profundidad de aquellos negros ojos llenos de espanto, el mismo terror
que él había visto en las eternas noches de su calabozo.
-Dejadle libre -ordenó a sus hijos-, su culpa ya está pagada.
El esclavo besó el polvo junto a los pies de Virata. Y por primera vez
mostraron los hijos descontento ante una orden de su padre.
Virata volvió a su celda. Sin saber bien lo que hacía se lavó la cara y las
manos, y de pronto se dic cuenta, asustado, de que había obrado como
antaño, de que por primera vez había vuelto a proceder como juez y