Página 22 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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había dictado una sentencia sobre un destino humano. Y por primera
vez desde hacía seis años, volvió a pasar toda una noche sin sueño.
Permanecía insomne, echado en la obscuridad, viendo los asustados
ojos del esclavo que le contemplaban (tal vez eran los ojos del hermano
muerto), y se le aparecía luego el furor de sus hijos. Entonces se
preguntaba si éstos habían cometido una injusticia con aquel esclavo.
La sangre había teñido el suelo de su casa, el látigo había flagelado a un
ser vivo, y aquel castigo le causaba más sufrimiento, le quemaba mucho
más que cuando las colas del látigo le habían mordido como culebras
en sus propias espaldas. A ningún hombre libre podía aplicársele esta
pena, pues se hallaba bajo la protección especial de las leyes del rey;
era aquella una pena para los esclavos. Pero, esa ley del monarca, ¿era
también una ley del dios milenario? ¿Era justo que unos hombres
viviesen completamente libres y otros pendientes de una voluntad
ajena?
Virata se levantó de su lecho y encendió la luz, y se puso a investigar en
los libros de la sabiduría para encontrar la razón. En ninguna parte
pudo hallar su mirada el signo de la diferencia entre un hombre y otro
hombre. Sólo halló el orden de las castas y de los estamentos, pero
nada había en el sentido del dios milenario que precisase las diferencias
de amor entre los hombres. Sediento, procuró beber en la fuente de la
sabiduría, pero nada contestaba a su pregunta. Entonces arrojó los
libros y apagó la luz.
Una vez las paredes de su estancia desaparecieron en la obscuridad,
comprendió Virata el misterio. No era su habitación lo que sus ojos
veían, era su propia cárcel, aquella cárcel terrible que él había conocido,
y comprendió que la libertad es el más esencial de los derechos del
hombre y nadie puede negarla, no sólo por toda una vida, ni siquiera
por un año.
Ahora se daba cuenta de que había encerrado a sus esclavos en el
estrecho círculo de su propia voluntad, los había encadenado de
manera que ninguno de sus pasos pudiese ser jamás libre. La claridad
se había hecho en él. Ante aquel pensamiento su pecho respiraba
liberado y dentro de su profunda obscuridad se había hecho la luz.
Hasta aquel momento no había comprendido que la culpa estaba en él,
que había sometido a los hombres a su voluntad, que los llamaba
esclavos contra todo derecho, que los hombres solamente debían
obediencia al eterno dios de las mil formas.
Entonces se inclinó para elevar una plegaria:
-Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías
en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más
cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los
ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan
y que sufra con sus sentimientos. Así mi vida estará libre de toda culpa.