Página 23 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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El rostro de Virata estaba de nuevo lleno de luz. Con puros ojos salió
afuera para contemplar la noche y recibir el saludo de las estrellas, y el
suave viento de la primavera le acarició en el jardín a la orilla del río.
Cuando el Sol se elevó en el horizonte, se bañó en el sagrado río y luego
se dirigió a su casa, donde los suyos se hallaban reunidos para la
plegaria matinal.
Capítulo VII
Saludó a toda su familia con dulce sonrisa. Ordenó que las mujeres se
retirasen a sus habitaciones y luego habló de esta manera a sus hijos:
-Vosotros sabéis que, desde hace años, solamente hay una
preocupación en mi alma: ser un hombre justo y vivir sin culpa sobre la
Tierra. Pero ayer aconteció que la sangre regó el suelo de mi casa,
sangre de un ser vivo, de un hombre, y yo quiero liberarme de esa
sangre y hacer expiación alejado de la sombra de mi casa. El esclavo
que sufrió la pena tan dura debe ser puesto en libertad y desde este
mismo momento ir adonde más le plazca, para que de este modo no
pueda pedir justicia ante el Supremo Juez contra vosotros y contra mí.
Los hijos permanecieron silenciosos y Virata comprendió que sus
palabras habían sido recibidas con hostilidad.
-¿No respondéis a mis palabras? No quiero hacer nada contra vosotros
sin antes haberos escuchado.
-Tú quieres dar la libertad a un culpable como premio de su culpa -
respondió el hijo mayor-. Tenemos muchos siervos en la casa y uno
menos no tiene importancia. Pero todo lo que realizan lo hacen porque
están atados con cadenas. Si dejas a ese libre, ¿cómo podrás conseguir
que los demás te obedezcan?
-Si ellos no quieren obedecerme, debo entonces ponerlos en libertad. No
quiero torcer el destino de ningún hombre. Quien dispone de la vida
ajena cae en culpa.
-Pero tú te olvidas de la ley -dijo el hijo segundo-. Esos esclavos son de
nuestra propiedad como la tierra, los árboles de esa tierra y los frutos
de esos árboles. Ellos te sirven y están atados a ti y tú estás atado a
ellos. La ley milenaria, nacida en lo más remoto de los tiempos, dice:
El
esclavo no es dueño de su vida, sino siervo de su señor
.
-¡Hay también un derecho de Dios y este derecho es la vida, la vida que
él ha creado con el aliento de sus labios. Me has hablado bien, pues yo
he estado también ciego y creía estar liberado de mi culpa sin pensar
que he dispuesto de la vida ajena durante años. Ahora veo claramente y
puedo decir que un justo no puede tratar a los hombres como animales.