Página 25 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Después de decir esto, Virata dejó a sus hijos, que se quedaron
profundamente sorprendidos, sintiendo que la codicia ardía dentro de
sus cuerpos.
Capítulo VIII
Virata se encerró en su estancia y permaneció sordo a todas las
llamadas y exhortaciones.
Cuando comenzaron a aparecer las primeras sombras de la noche, se
preparó para la larga caminata. Tomó un cayado, un saco, un hacha de
trabajo, un puñado de frutas para alimentarse y las hojas de palmera
donde se hallaban grabadas las máximas de la sabiduría y de la
plegaria. Acortó sus vestidos hasta las rodillas y calladamente
abandonó la casa, sin despedirse de su mujer ni de sus hijos, sin
preocuparse de todos los bienes que dejaba.
Caminó durante toda la noche para llegar hasta el río donde, después
de un amargo despertar, había tirado su espada, y pasó a la otra orilla,
que estaba completamente deshabitada y donde la tierra no había sido
jamás arañada por el arado.
Al amanecer llegó a un lugar donde se elevaba un árbol gigantesco. El
río describía un amplio círculo en torno de aquel lugar, y una multitud
de pájaros, armando una gran algarabía, jugueteaban en la ribera sin
ningún temor. La claridad resplandecía en la corriente del río y una
dulce sombra reinaba bajo la copa del árbol. Una virginal maleza se
extendía por aquel paraje y viejos troncos de árboles caídos yacían en el
suelo. Virata eligió un pequeño cuadrado en medio del bosque y
comenzó a construir allí una choza para vivir en ella alejado de los
hombres y de sus culpas.
Durante cinco días trabajó penosamente en la construcción de la choza,
pues sus manos no estaban acostumbradas al trabajo. Debía, además,
atender a su subsistencia y buscar frutas para alimentarse. La selva era
espesa en torno de su choza y tuvo que rodearla de una empalizada
para que los hambrientos tigres no le asaltasen en la oscuridad de la
noche. Ninguna voz humana llegaba hasta aquel lugar para turbar su
espíritu; tranquilos pasaban los días como el agua del río, que manaba
siempre nueva de una misteriosa fuente.
Solamente los pájaros acudían allí sin temor a aquel hombre tranquilo,
y pronto comenzaron a construir sus nidos en el techo de la choza. El
les ofrecía simientes de las grandes flores y de los dulces frutos. Pronto