Página 26 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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saltaron confiados sobre sus manos, revoloteaban en torno de las
palmas cuando los llamaba, y se dejaban acariciar.
Una vez encontró Virata en el bosque a un joven mono que se había
roto una pierna y yacía en el suelo lanzando gritos como un chiquillo.
Le llevó a su choza y le atendió cuidadosamente y, una vez curado, el
mono no se apartó de él y le sirvió como un esclavo.
Virata era benigno con todos los animales, pero sabía que también los
animales ejercen el poder y la maldad como los hombres. Veía cómo los
cocodrilos se mordían unos a otros y se perseguían con furor; cómo los
pájaros cazadores hundían sus afilados picos en el río y ensartaban
cruelmente las pequeñas culebras. La ininterrumpida cadena de la
destrucción que la enemiga diosa había enroscado en torno del mundo
aparecía ante sus ojos, imponía su derecho, y contra ella nada podía la
sabiduría.
Durante un año, durante muchas lunas, no vió jamás a un hombre.
Una vez aconteció que un cazador, que seguía el rastro de un elefante,
llegó hasta el otro lado del río.
Entonces aquel cazador pudo contemplar un espectáculo insospechado:
Envuelto en el amarillo resplandor de la tarde, se hallaba sentado, ante
una pequeña choza, un anciano de larga barba blanca. Los pájaros se
posaban pacíficamente en sus cabellos; y un mono, lanzando alegres
chillidos, llevaba bayas y nueces junto a sus pies. Aquel hombre elevó la
mirada hacia la copa de los árboles, allí donde los papagayos azules
dejaban oír su gritería, alzó una mano y una nube azul de pájaros fue a
posarse inmediatamente sobre ella.
El cazador creyó entonces que se hallaba ante la visión de un santo, tal
como se describen esas visiones:
Los animales hablan con él en el
lenguaje de los hombres, y las flores se abren en la huella de sus pasos.
Puede encender las estrellas con el soplo de sus labios y hacer
resplandecer la Luna con el aliento de su boca
.
Y el cazador abandonó su caza y regresó corriendo a la ciudad para
referir la aparición.
Al día siguiente se había difundido ya la noticia por toda la orilla
opuesta del río; todos corrieron para contemplar la maravilla, hasta que
uno de ellos reconoció a Virata, a aquel que había abandonado su
patria, su casa y sus tierras, para vivir una vida de pureza.
Pronto llegó la noticia hasta el rey, que no había olvidado a aquel
súbdito leal. Mandó inmediatamente que fuese armada una barca con
sus mejores remeros. La barca remontó rápidamente la corriente del río
hasta el lugar donde se hallaba la choza de Virata y, acercándose
entonces a la orilla, los remeros tendieron sobre el suelo una amplia
alfombra bajo los pies del rey, hasta donde se hallaba el anciano.