Página 29 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Cuando pasaba por delante de la última casa del pueblo, rodeado de la
multitud que le expresaba su devoción, vió clavados en él los ojos de
una mujer que le miraban llenos de odio. Virata se estremeció de
espanto, pues había olvidado ya, a través de los años, los ojos llenos de
terror de su hermano muerto.
Virata volvió el rostro, pues, en la soledad, su espíritu se había
desacostumbrado a toda mirada enemiga. Luego pensó que era muy
posible que sus propios ojos hubiesen sufrido un error. Pero la mirada
estaba allí, profundamente negra, llena de rencor, clavada en él.
Una vez dominada su inquietud, Virata se encaminó hacia la casa en
cuyo umbral aquella mujer le miraba como enemigo, y él se sintió
entonces dominado por aquellos ojos que parecían los ojos de un tigre
agazapado inmóvil en la espesura.
Y Virata se preguntó entonces: ¿Cómo es posible que esta mujer tenga
algo que reprocharme, manifieste tanto odio contra mí, si no la he visto
nunca? Seguramente debe de estar equivocada.
Con paso tranquilo se dirigió a la casa y golpeó la puerta con la mano.
En la oscuridad de la entrada sintió la presencia de aquella mujer
desconocida. Virata se inclinó humildemente como un mendigo.
Entonces la mujer avanzó hacia él con su obscura y turbia mirada de
ira.
-¿Qué vienes a buscar aquí? -preguntó.
Virata miró atentamente el rostro de la mujer y en su corazón renació la
tranquilidad, pues entonces estuvo seguro de que no la había visto
nunca. Ella era muy joven y él hacía ya muchos años que se había
apartado del camino de los hombres. Jamás había podido cruzarse con
ella en el sendero de la vida y nada, por lo tanto, había podido hacer
contra ella.
-Quería darte el saludo de paz, mujer -respondió Virata-. Y preguntarte
por qué causa me miras con odio. ¿Qué tienes contra mí? ¿He podido
hacer algo que te haya ofendido?
-¿Qué me has hecho? -Y los labios de la mujer se abrieron con una
sonrisa malvada-. ¿Qué me has hecho? Nada, no me has hecho nada:
has convertido la abundancia de mi casa en miseria, me has robado el
amor y has hundido mi vida en la muerte. Vete, que no vuelva a ver tu
rostro; márchate, mi odio no podría contenerse por más tiempo.
Virata la contempló suspenso. Tan terrible era aquella mirada, que le
pareció la mirada de la locura. Se apartó humildemente y le dijo:
-Yo no soy quien tú crees. Vivo apartado de los hombres y no llevo sobre
mí la culpa de haber torcido ningún destino humano. Tus ojos se
equivocan.