Página 3 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Capítulo I
Muchos años antes de que el sublime Buda viviese sobre la Tierra
difundiendo la sabiduría entre sus discípulos, vivía en la comarca de
Birwag, regida por el rey Rajouta, un noble llamado Virata, pero
conocido por todos con el sobrenombre de
El Rayo de la Espada
. Era el
más atrevido de todos los guerreros y un cazador cuyas flechas no
fallaban nunca. Su lanza no había permanecido jamás ociosa, y,
cuando sus brazos levantaban la espada, se oía zumbar la hoja como
un trueno en la tempestad.
Virata tenía la frente despejada, sus ojos serenos miraban con tranquila
firmeza a los hombres, sus poderosos puños no se cerraban jamás con
injusta violencia y nunca su voz vibró estremecida por la ira.
Servía como un fiel vasallo a su rey y sus esclavos le servían con
temeroso respeto, considerándole como al hombre más justo de todos
los hombres que habitaban entre las cinco corrientes del río.
Aconteció que un día cayó sobre el rey a quien servía Virata una gran
desgracia. El cuñado del soberano, que gobernaba como administrador
la mitad del Imperio, ambicionaba apoderarse del trono y con este
propósito había ido seduciendo a los mejores guerreros del rey,
haciéndoles ricos presentes. Su elocuencia había conseguido atraerse a
los sacerdotes encargados de la custodia de las sagradas garzas reales,
símbolo del poderío del monarca, enseña milenaria de la raza de los
Birwager. Una vez en poder de las sagradas garzas y de los grandes
elefantes, reunió a los guerreros, a todos los descontentos de las
montañas y, formando con ellos un gran ejército, se dispuso a marchar
contra la capital.
Enterado el rey Rajouta de los traidores propósitos del hermano de su
mujer, llamó a sus hombres a la guerra. Desde la aurora hasta la
puesta del Sol resonaban por todas partes los grandes címbalos de
cobre y los blancos cuernos de marfil. Por las noches ardían las
hogueras en las altas torres de la ciudad, arrojando sobre las humildes
chozas de los pescadores del río una lluvia de ardientes chispas que
resplandecían con una triste luz amarilla, bajo la claridad serena de las
estrellas, como signos de desgracia.
A la llamada del rey acudieron muy pocos. La noticia del robo de las
simbólicas garzas había causado un gran desconcierto en el corazón de
los caudillos, y los principales jefes y los conductores de los elefantes
habían huido casi todos al campo enemigo.
El rey miraba en vano en torno suyo en busca de amigos. Había sido
siempre un monarca implacable, severo en sus sentencias, rapaz en la
recaudación de los impuestos y cruel en la exigencia del servicio
personal. No quedaba ya en su palacio ninguno de los famosos
guerreros ni de los valientes capitanes; en torno suyo pululaba tan sólo
una desaconsejada tropa de esclavos y siervos.