Página 30 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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-Te conozco perfectamente, te conozco como todos los demás; eres
Virata, aquel que es conocido con el sobrenombre de
Estrella de la
Soledad
, aquel a quien glorifican con los cuatro nombres de la Virtud.
Pero mis labios no te glorificarán jamás; mi boca clamará ante el
Supremo Juez de los hombres hasta que se te haya hecho justicia.
Acércate y contempla lo que has hecho conmigo.
Entonces aquella mujer cogió al sorprendido Virata y la empujó dentro
de la casa, abrió una puerta y le hizo entrar en una habitación pequeña
y obscura. Y llevándole hasta el rincón le hizo contemplar algo que
yacía inmóvil sobre una estera. Virata se inclinó y se apartó
rápidamente con un gesto de sorpresa. Allí, en el suelo. yacía el cadáver
de un niño y los ojos de aquel inocente muerto le miraron con aquella
mirada lamentable con que en otro tiempo le miraron los ojos de su
hermano.
Junto a él, la mujer sollozaba dolorosamente.
-Es el tercero, el último nacido en mi seno, y también tú le has
asesinado, tú, a quien llaman el santo y el servidor de Dios.
Y cuando Virata intentó rechazar aquellas acusaciones, la mujer le
empujó hacia otro lugar y le dijo:
-Mira aquí el telar, el telar vacío. Aquí trabajaba Paratika, mi marido,
durante todo el día, tejiendo lino blanco, y no había mejor tejedor en la
comarca. Desde muy lejos venían a encargarle trabajo, y con el trabajo
atendíamos a nuestra subsistencia; tranquilos eran nuestros días, pues
Paratika era un hombre bueno y un trabajador incansable. Evitaba
siempre las malas compañías y educábamos a nuestros hijos esperando
que cuando serían hombres seguirían su ejemplo de bondad y de
trabajo. Un día se enteró él por un cazador (Dios debía haber permitido
que este extranjero no llegase jamás a nuestra casa) que un hombre
había abandonado su país, su casa y sus bienes, y apartándose de las
cosas mundanas se había ido a vivir en la soledad, en una choza
construida por sus propias manos. Desde aquel momento Paratika cayó
en una profunda meditación, de cada vez se mostraba más preocupado
y pasaba días enteros sin pronunciar una sola palabra. Hasta que una
noche me desperté y vi que ya no estaba a mi lado. Se había ido al
bosque que es conocido con el nombre de
El Bosque de los Cenobitas
,
ese lugar donde tú moras para vivir en la soledad, junto a Dios,
olvidándonos a nosotros y olvidándose de que vivíamos de su trabajo.
La pobreza entró entonces en nuestra casa; los hijos no tuvieron pan;
primero murió uno, luego otro y hoy el último yace también muerto por
tu culpa, pues tú le has matado. Para que tú estés más cerca de la
presencia de Dios, tres hijos de mis entrañas han sido enterrados en la
dura tierra. ¿Cómo puedes tú reparar esto? ¿Cómo no he de clamar
contra ti ante el Supremo Juez de los muertos, si has roto tú sus vidas
arrojándolas al sufrimiento con la misma indiferencia con que arrojas
las migas de tu pan a los pájaros? ¿Cómo puedes tú redimirte de ser la