Página 31 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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causa de que un hombre justo abandonare su trabajo con el cual
alimentaba a sus inocentes hijos?
Virata había palidecido, los labios le temblaban.
-Yo no sabía esto; yo no sabía que hiciese daño a los demás. Creía vivir
solitario.
-¿Dónde está, pues, tu sabiduría, sabio, si no sabías eso, que ya saben
los niños, que aquel que se aparta de sus deberes cae en culpa? Tú no
has sido más que un egoísta; solamente pensabas en ti mismo y no en
los demás; lo que era dulce para ti, ha sido para mí amargo; lo que era
para ti tu vida, ha sido para mis hijos la muerte.
Virata permaneció un momento pensativo. Luego dijo, humildemente:
-Dices la verdad. Siempre hay en el dolor más sabiduría y verdad que
en toda la filosofía. Todo lo que sé lo he aprendido junto a los
desgraciados, y todo lo que he podido ver con la mirada que penetra en
las profundidades ha sido con los ojos del hermano eterno. No he sido
un hombre humilde ante Dios, como creía; he estado siempre lleno de
orgullo, he podido comprender esto a través de sufrimientos que jamás
había experimentado. Perdóname, pues yo no comprendía mi parte de
culpa en tu desgracia e ignoraba que hubiese influido en el destino de
algunos de mis semejantes. El abstenerse de obrar es realizar también
un acto del cual uno puede hacerse culpable sobre la Tierra. El solitario
vive, a pesar de estar solo, con sus hermanos. Perdóname, mujer. Iré al
bosque en busca de Paratika para que renazca en vuestra casa la vida
como en el pasado.
Virata se inclinó y besó humildemente el borde del vestido de la mujer.
Esta sintió desaparecer todo su odio y con ojos sorprendidos contempló
cómo se alejaba el solitario.
Capítulo X
Virata regresó a su choza y durante toda la noche contempló la blanca
maravilla de las estrellas encendidas en la profundidad del cielo. Llegó
la aurora borrando las luces estelares y, como siempre, Virata llamó a
los pájaros para darles de comer. Luego cogió el cayado y regresó a la
ciudad.
Apenas difundida la noticia de que el santo había abandonado su
soledad y se hallaba de nuevo entre los hombres, el pueblo se lanzó a
las calles para contemplarle. Algunos se sintieron llenos de temor
creyendo que su aparición podría ser presagio de alguna desgracia. A
través de la respetuosa ola de la muchedumbre, avanzaba Virata con
una dulce sonrisa en los labios y humildemente saludaba a los