Página 32 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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hombres; pero por primera vez en su vida no pudo evitar que su mirada
fuese severa. No pronunciaba palabra alguna.
De esta manera llegó hasta el palacio del rey. Había pasado ya la hora
del consejo y el rey estaba solo. Virata compareció ante el monarca, y
éste, al verle, abrió los brazos para estrecharle contra sí. Pero Virata se
inclinó hasta tocar con la frente en el suelo y besó el borde de la veste
del rey en señal de que quería hacerle una petición.
-Antes de que tus palabras formulen lo que quieres pedirme, ya lo
tienes concedido -dijo el rey-. Es una honra para mí el tener poder para
servir a un hombre prudente y ayudar a un sabio.
-No me des estos nombres -respondió Virata-, pues mi camino no ha
sido nunca recto. Tú me desligaste de la obligación de servirte y viví
como un mendigo lejos de tu puerta. Quise liberarme de mis culpas y
de la responsabilidad de la acción, salir de la red de las cosas
mundanas, de esa red que ha sido tejida por los dioses.
-Me es difícil comprender lo que dices -respondió el rey-. ¿Cómo puedes
haber procedido mal y caer en la culpa viviendo cerca de Dios?
-He ignorado todo lo malo que había. He ignorado que nuestros pies
están hundidos en la tierra y que nuestros actos deben ceñirse a la
eterna ley. También el dejar de actuar es obrar. No podía apartar de mí
la mirada de los ojos del hermano eterno, esas miradas eternas que nos
hacen buenos o malos contra nuestra voluntad. Por muchas razones
soy culpable, pues me acercaba a Dios y me apartaba de servirle en la
vida. Era un egoísta, pues me preocupaba tan sólo de alimentar mi vida
sin servir a la de los demás. Quiero, pues, volver a servirte.
-No comprendo, Virata, tus palabras. Dime cuáles son tus deseos para
que pueda satisfacerlos.
-Ya no quiero que mi voluntad quede libre. El que se figura estar libre
no tiene ninguna libertad; el que huye de la acción no huye de la culpa.
Solamente el que sirve a otros tiene libertad; es libre tan sólo el que
entrega su voluntad a los demás y pone su fuerza al servicio de una
obra sin preguntar nada. Solamente la mitad de lo que hacemos es obra
nuestra: el principio y el fin pertenecen a los dioses. Libérame de mi
voluntad, pues toda voluntad es confusión y toda obediencia es
sabiduría.
-No te comprendo. Me pides que te haga libre y me pides que te ponga a
mi servicio. Libres son los que mandan a los demás, pero no aquellos
que tienen que obedecer. No te comprendo.
-Es natural que tu corazón no pueda comprender esto, rey mío. ¿Cómo
podrías ser rey si lo comprendieses?
Los ojos del monarca se obscurecieron llenos de ira.
-¿Cómo puedes decir que el poderoso es tan poca cosa ante Dios como
el vasallo?
-No hay nadie grande ni pequeño ante Dios. Solamente quien sirve y
somete su voluntad sin preguntar nada puede arrojar su culpa y
acercarse a Dios. Quien cree y piensa que es capaz de sojuzgar el mal
con su sabiduría, cae en la culpa.