Página 33 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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El rey miró a Virata con severo rostro.
-Entonces, ¿todos los servicios son iguales? ¿Tienen todos la misma
importancia ante Dios y ante los hombres?
-Es muy posible, rey mío, que algunos aparezcan como muy altos a los
ojos de los hombres. Pero a los ojos de Dios no existen diferencias.
El rey miró fijamente a Virata durante largo tiempo. El orgullo se
rebelaba. Pero luego se aplacó contemplando los blancos cabellos que
caían sobre la arrugada frente del anciano que le hablaba, y pensó que
con el tiempo aquel hombre se había vuelto otra vez un niño. Entonces
le dijo, irónicamente, para probarle:
-¿Quieres ser el guardián de los perros de mi palacio?
Virata inclinó su frente y besó humildemente el suelo en señal de
agradecimiento.
Capítulo XI
Desde aquel día, el anciano que había sido conocido en todo el país con
los cuatro nombres de la Virtud, fue guardián de los perros del palacio
del rey y vivió confundido con los esclavos.
Sus hijos se avergonzaron de él y procuraron cobardemente aislar a los
suyos para que no tuviesen que avergonzarse de su sangre delante de
los demás. Los sacerdotes le consideraron como un hombre indigno y el
pueblo se mostró sorprendido, solamente durante algunos días, de que
aquel anciano que en otro tiempo había sido el primer personaje del
Imperio fuese ahora el criado de una jauría de perros. Pero él parecía no
preocuparse de esto y muy pronto todos le olvidaron. Virata cumplió
fielmente su servicio desde la primera claridad de la mañana hasta el
último resplandor de la tarde. Cuidaba a los animales, rascaba su
sarna, les llevaba la comida, arreglaba sus yácijas y apaciguaba sus
peleas. Pronto los perros le mostraron gran fidelidad y amor y esto le
llenaba de alegría. Su anciana boca, que antes había hablado a los
hombres, estaba ahora llena de sonrisas, y aquella vida tranquila le
colmaba de felicidad.
La muerte se llevó al rey y otro rey vino. Este ya no le conocía. Una vez
ladró un perro al paso del monarca, y entonces éste, furioso, golpeó al
anciano con su bastón.
Los demás hombres se habían olvidado también de la pasada vida de
Virata.