Página 4 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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En esta miserable situación el rey se acordó de Virata. A las primeras
llamadas del cuerno guerrero, ordenó a sus siervos que tomasen la silla
de mano de ébano y, acompañado de un fiel mensajero, fuese en busca
de Virata para llevársele a su palacio. Cuando Virata vio aparecer el
cortejo real, se inclinó hasta el suelo; pero el rey se dirigió hacia él no
como un monarca, sino humildemente como un suplicante, y le rogó
que condujese a su ejército contra el enemigo.
Virata se inclinó de nuevo profundamente y le dijo:
-Obedeceré tu mandato, señor. No volveré a mi casa hasta que la
hoguera de la insurrección quede apagada bajo los pies de este tu
esclavo.
Virata reunió entonces a sus hijos, a sus parientes y esclavos y,
poniéndose al frente de sus hombres leales, salió en busca de los
rebeldes.
Durante todo el día caminaron a través de las espesuras del bosque, en
dirección al río, en cuya opuesta orilla el numeroso ejército enemigo
había establecido su campamento. Al comprobar que eran en tan gran
número, los rebeldes se sentían seguros de la victoria y se hallaban
ocupados en derribar grandes árboles con objeto de construir un
puente sobre el río y poder pasar, a la mañana siguiente, a la otra
ribera para inundar la tierra como una gran marea y regarla con
sangre.
Virata, famoso y astuto cazador de tigres, conocía un vado más arriba
del lugar donde los rebeldes querían construir el puente, y durante la
noche hizo que sus hombres, uno a uno, fuesen pasando el río. Cuando
los tuvo a todos reunidos, cayeron invisibles sobre el enemigo, que
dormía tranquilamente. Una vez dentro del campamento, los hombres
de Virata comenzaron a agitar encendidos hachones, con lo cual los
elefantes y los búfalos huyeron espantados, las tiendas de campaña
comenzaron a arder y los durmientes despertaron poseídos de pánico.
Virata entró el primero, como una tempestad, en la tienda del enemigo
del rey y, antes de que el durmiente tuviese tiempo de alzarse
sobresaltado, le había ya hundido por dos veces la hoja de la espada en
el pecho. El enemigo en masa saltó entonces en torno suyo. En la
profunda oscuridad, Virata no dic descanso a su espada: hería a un
hombre en la frente, a otro en el pecho todavía desnudo, a los que
estaban tras él y a los que le arremetían de frente. De pronto se hizo el
silencio en torno suyo; se hallaba como una sombra entre las sombras,
firme en la entrada de la tienda, en cuyo interior se hallaba el signo del
dios, la simbólica blanca garza que quería rescatar.
Luego ya no aparecieron más enemigos; todos yacían en torno suyo
muertos o mudos de espanto. Lejos oía Virata los gritos de júbilo de los
vencedores, de sus fieles guerreros y siervos. Después comenzó la
persecución y se alejaron todos rápidamente.