Página 6 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Comenzaron todos a saltar frenéticamente en torno a la tienda y
acudieron luego a besar a Virata, sin preocuparse de los muertos que
les rodeaban y aclamándole con entusiasmo como al
Rayo de la Espada
.
Luego fueron llegando más y más y todos juntos comenzaron a recoger
el botín, cargando tanto los carros que sus ruedas se hundían
profundamente en el barro y las barcas del río casi zozobraban a su
peso.
Un mensajero se lanzó al río, nadando presurosamente para ir a dar la
buena noticia al rey. Los demás no se apartaron del botín y continuaron
celebrando la victoria.
Virata, silencioso, como hundido en un profundo sueño, continuaba
sentado en el mismo sitio. Sólo una vez levantó el rostro: cuando sus
vasallos quisieron despojar a los muertos de sus vestiduras. Entonces
Virata se puso rápidamente en pie y ordenó a los suyos que reuniesen
maderos, pusiesen sobre ellos los cadáveres y encendiesen una gran
hoguera con objeto de que las almas de los muertos pudiesen entrar
purificadas en la eternidad.
Los vasallos quedaron maravillados ante aquella orden. Los traidores
debían ser devorados por los chacales del bosque y sus osamentas
calcinadas por el sol. Tal era la ley que debía regir para los infieles.
Pero la orden fue cumplida, y, cuando las llamas se elevaron sobre los
muertos, Virata arrojó perfumes y sándalo en la hoguera. Luego desvió
el rostro y permaneció silencioso hasta que la hoguera se hubo
convertido en brasas y las brasas en cenizas esparcidas por el suelo.
Entre tanto, los esclavos habían terminado de construir el puente que el
día antes habían comenzado los partidarios del rival del rey. Primero
pasaron por él los guerreros, coronados con hojas de laurel; luego
siguieron los vasallos y la caballería de los príncipes.
Virata dejó que se adelantasen, pues sus cantos y alegría le oprimían el
corazón. Luego se acercó a ellos y había un gran contraste entre aquella
alegría y su tristeza. Cuando Virata se halló a la mitad del puente, se
detuvo y contempló largo tiempo el agua que corría a uno y otro lado.
Todos los que se hallaban a una y otra orilla le miraban sorprendidos.
Entonces Virata desenvainó su espada, la elevó sobre su cabeza como si
quisiese dirigirla contra el cielo, después bajó su brazo como muerto y,
soltando la espada, la dejó caer al río.
Inmediatamente de ambas orillas se lanzaron al agua desnudos
guerreros que, hundiéndose en la corriente, intentaron rescatar el
arma. Virata permaneció indiferente y comenzó a andar, con rostro
sombrío, entre las filas de sus maravillados vasallos. Ninguna palabra
salió ya de sus labios cuando, después, durante largas horas, la hueste
vencedora fue avanzando lentamente por los amarillos caminos de la
patria.