Página 7 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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Estaban todavía lejos las puertas de jaspe y las almenadas torres de
Birwag, cuando apareció a lo lejos una blanca nube de polvo que
levantaba un cortejo de jinetes que se iba aproximando.
Cuando los jinetes divisaron al ejército vencedor, se detuvieron
inmediatamente y los vasallos tendieron sobre el camino grandes
alfombras, pues el rey que con ellos iba no debía jamás pisar el irisado
polvo desde su nacimiento hasta que la llama de su vida se apagase.
Entonces el rey se aproximó encima de su anciano elefante, rodeado de
sus hijos. El elefante, obedeciendo a la aguijada, dobló las rodillas y el
rey descendió sobre el amplio tapiz.
Virata avanzó hacia el monarca y quiso inclinarse delante de su señor,
pero el rey corrió hacia él y le abrazó estrechamente. Jamás en las
crónicas más antiguas se había consignado tal honor a un vasallo.
Virata mando traer las garzas sagradas y, cuando las blancas alas
comenzaron a aletear, estalló un entusiasmo tan grande que los
corceles, asustados, se encabritaron y los conductores tuvieron que
aplacar a los elefantes con las aguijadas.
Cuando el rey contempló los símbolos de la victoria abrazó a Virata otra
vez y éste dobló una rodilla.
El rey tomó entonces en sus manos la espada del heroico padre de
Rajputah, guardada hacía siete veces setecientos años en la cámara del
tesoro real, la espada cuyo blanco puño era de marfil y en cuya hoja,
con ideogramas de oro, estaban escritas las misteriosas palabras de la
victoria, palabras que ya no podían descifrar los sabios ni los sacerdotes
de los grandes templos.
El rey presentó a Virata la espada del héroe milenario como prenda de
su agradecimiento y como símbolo de que él era desde aquel momento
el más alto de sus guerreros y el supremo jefe de su ejército.
Pero Virata inclinó su rostro y dijo:
-Séarne permitido suplicar benevolencia y hacer una petición al más
valeroso de los reyes.
El rey le miró fijamente y dijo:
-Tenla por concedida. Levanta tu rostro. Si quieres incluso la mitad de
mis garzas reales no tienes más que pedirlo.
Entonces Virata dijo:
-Si es así, te ruego dispongas que la espada sea devuelta a la cámara
del tesoro. En lo más íntimo de mi corazón he hecho voto de no coger
jamás una espada. He matado a mi hermano, al que nació en el mismo
regazo que yo, al que jugaba conmigo en los brazos de mi madre.