Página 8 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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El rey le miró sorprendido, permaneció un momento silencioso y luego
le dijo:
-No importa. Sin espada serás el más alto de mis guerreros; contigo mi
Imperio se sentirá seguro contra todos los enemigos; jamás ningún
guerrero ha podido conducir como tú un ejército a la victoria. Toma mi
cinturón como enseña de tu poder y ese mi caballo para que todos te
reconozcan como a su jefe.
Virata inclinó el rostro hacia el suelo y respondió:
-Un misterioso ser ha hablado a mi corazón y yo le he comprendido. He
matado a mi hermano y ahora sé que todo hombre que mata a otro
hombre mata a un hermano suyo. Yo no puedo ser caudillo en la
guerra, pues en la espada está la fuerza y la fuerza es enemiga del
derecho. Quien tiene parte en el pecado de asesinato es él mismo un
asesino. Yo no quiero inspirar temor, prefiero conocer la injusticia que
se hace contra los débiles y comer el pan de los mendigos. Breve es la
vida en el eterno mudar de las cosas. Deja que la parte que me queda
de vida pueda vivirla como un justo.
Por un instante el rostro del rey se oscureció. El silencio reinaba en
torno de ellos contrastando con el anterior alboroto. Todos estaban
sorprendidos, pues jamás en las más antiguas páginas de la historia se
había registrado que un guerrero rechazase una ofrenda de su rey.
El rey miró entonces las sagradas garzas, signo de la victoria,
rescatadas por Virata, y su rostro se aclaró de nuevo. Luego dijo:
-Has sido el más poderoso, Virata, contra mis enemigos. Y ya que ahora
no puedo contar contigo para la guerra, quiero, a pesar de todo, tenerte
a mi servicio. Como un justo conoces la culpa y la repruebas. Sé
entonces el más alto de mis jueces y dicta tus sentencias en la
escalinata de mi palacio; de esta manera la verdad será enaltecida en
mi mansión y el derecho reinará sobre mi país.
Virata dobló la rodilla ante el rey en señal de agradecimiento. El rey le
hizo subir a uno de los elefantes de su séquito y se encaminaron todos
a la ciudad de las veintiséis torres, cuyo júbilo llegó hasta ellos como un
tempestuoso mar.
Capítulo II
Desde la salida hasta la puesta del Sol administró Virata justicia en
nombre del rey, en lo alto de la escalinata de mármol rosado, a la
sombra del palacio. Sus palabras, como una balanza, fluctuaban largo
tiempo hasta que se les ponía un peso. Su mirada penetraba
clarividente en el alma de los culpables, y sus preguntas se hundían