Página 9 - Los Ojos del Hermano Eterno

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Librodot Los ojos del hermano eterno Stefan Zweig
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muy adentro, en lo más profundo de la maldad, como un tejón en la
oscuridad de la tierra.
Sus palabras eran rudas y jamás dejaba caer la sentencia en el mismo
día. Siempre ponía el frío espacio de la noche entre el interrogatorio y el
fallo. Durante largas horas, hasta la salida del Sol, sus familiares le
oían ir y venir intranquilo por la terraza de la casa, meditando sobre la
justicia y la injusticia.
Antes de decidirse a dictar una sentencia hundía su frente y sus manos
en el agua clara y fresca, para que sus palabras estuviesen limpias del
calor de la pasión. Y, cuando había hablado, preguntaba siempre a los
condenados si les parecía que se había cometido algún error. Ellos
besaban entonces el escalón de mármol rosado y se alejaban con la
cabeza inclinada, como si hubiesen oído la palabra de Dios.
Y es que Virata jamás habló como un mensajero de la muerte, no
impuso jamás esta pena ni aun a los más culpables. Recordaba su
involuntario crimen y aborrecía la sangre.
La lluvia acabó, pues, lavando las negras piedras que habían goteado
sangre, los pilones que se hallaban en torno de la fuente milenaria de
Rajputah y sobre los cuales el verdugo hacía inclinar las cabezas de los
reos para cercenarlas. Virata mandaba encerrar a los miserables
condenados a prisión en las lóbregas cárceles de piedra, o los enviaba al
campo a cortar piedras para las paredes de los jardines, o a los molinos
de arroz, junto al río, donde debían empujar las muelas en compañía de
los viejos elefantes.
De este modo honraba la vida y los hombres le honraban a él, pues
jamás se veía injusticia en sus sentencias, negligencia en sus preguntas
ni ira en sus palabras.
Desde muy lejos del país acudían los campesinos, en carros tirados por
búfalos, con objeto de que él allanase sus diferencias. Los sacerdotes
temían sus discursos y el rey sus consejos. Su fama crecía como el
joven bambú en el agua, recto y grácil, en una noche. Los hombres
habían olvidado aquel sobrenombre que le dieran de
Rayo de la Espada
,
y en todas las comarcas era conocido con el nombre de Rajputah,
el de
la Fuente de la Justicia
.
Al sexto año de administrar justicia en la escalinata de mármol rosado
del palacio real, compareció ante Virata un joven delincuente que
pertenecía a la raza de los Kazar, raza salvaje que adoraba a los ídolos
de piedra. Sus pies estaban ensangrentados a causa de largos días de
caminata, y fuertes cuerdas ligaban estrechamente sus brazos. Los que
le llevaban prisionero, dando muestras de gran furor, con los ojos
brillantes de cólera bajo las oscuras cejas, le hicieron avanzar hacia la
escalinata y le obligaron a ponerse de rodillas delante del juez. Luego
todos se inclinaron a su vez con las manos en alto, pidiendo justicia.