¡Sálvese quien pueda!

Tiempo atrás, los mineros del carbón llevaban al fondo de los socavones, una jaula un canario. La idea no era que el pequeño animal los consolara con sus cantos melodiosos, en medio de la soledad, el peligro y el cansancio, sino que les pudiera salvar la vida.

En las minas de carbón se produce gas grisú, tóxico y explosivo, y los canarios son altamente sensibles ante concentraciones que los humanos no percibimos, pero que resultan tóxicas y explosivas.

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Cuando el minero observa que el canario ha muerto, es porque existe gas grisú en el ambiente, puede avecinarse una explosión fatal y es el momento de salir gritando “!Sálvese quien pueda!”.

Las ciudades son como minas de carbón. El planeta entero es como una mina de carbón. Cada vez que desaparece un animal, que es mucho más sensible que nosotros, nos está avisando que existen condiciones no aptas para la vida. Sería el momento de gritar “!sálvese quien pueda!” y salir corriendo.

Pero cada vez que alguien grita lo llaman “alarmista” o como dijo un presidente suramericano, “Los ecologistas son terroristas disfrazados”. Entonces por lo menos, habría que correr. ¿Para dónde?

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