Taiwán, una isla pequeña, ejemplo de una nación gigante

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En este lugar pujante, lleno de paisajes y rascacielos, de una intensa actividad industrial, científica y comercial, el gran patrimonio es su gente.

No hay nada que hacer. Si usted pone cara de turista confundido en algún lugar de Taipei, y abre un mapa de la ciudad, enseguida se verá rodeado de tres o cuatro personas que le preguntarán en inglés, y alguna en castellano, a dónde va, qué pueden hacer por usted, y finalmente se las arreglarán para llevarlo hasta su destino. Y si alguien no tiene esa ruta, lo acercará y allí le pedirá a alguien más para que lo acompañe hasta donde usted necesita. Quizás suceda en otros lugares del mundo, no en muchos. Por lo pronto, en Taipei, la capital de la poderosa y encantadora Taiwán, es inevitable que la gente demuestre su cuidado y solidaridad.

Cuando se mira la historia y el origen del pueblo chino, entonces no es sorpresa.Su mayoría étnica, el grupo Han, es proverbial por su fineza en la pintura, la danza, la escultura, la poesía, y en cada manifestación de su vida cotidiana. Se sabe que hace siglos, una región en la que vivía el pueblo Han sufrió una tremenda hambruna y para no morir comían todo lo que pudiera ser llevado a la boca. Y es tan delicada su manera de hablar y expresarse, que vendían raíces de los árboles y las llamaban ‘serpientes silenciosas de la noche’. Y a los grillos los llamaban ‘pequeños venados cantores de seis patas’. Y para saber de dónde venía el viajero, le preguntaban: ‘¿Qué otras tierras han tenido la suerte de acariciar su sombra?’.

Es que en esta isla pujante, llena de paisajes y rascacielos, de una intensa actividad industrial, científica y comercial, el gran patrimonio es su gente. Parecería que los veintitrés millones de habitantes se hubieran puesto de acuerdo para hacer de su visita algo inolvidable. Tanto, que al caminante se le olvida que es la una de la madrugada, que está paseando solo por alguna callecita perdida, tomando fotos, sin que nunca lo envuelva la más mínima sensación de inseguridad. Un taxista de

Taipei se convirtió en Sherlock Holmes, buscando a través de pequeños datos dónde me encontraba después de dejarme en algún edificio oficial. Me buscó porque olvidé el teléfono celular en su taxi, lo encontró otro pasajero, y el conductor supuso que era mío. Después de tres horas me devolvió el celular. Rehusó de la manera más respetuosa, pero más enérgica, una propina.

Taipei, con sus tres millones de habitantes, es un mundo por conocer. Quien piense que va encontrar una ciudad enloquecida por los atascos y las bocinas de los automóviles, se equivoca. Calma, limpieza, orden, silencio y una atmósfera tan especial, que nos permite ser testigos de un hombre de avanzada edad que, en plena calle, practica su gimnasia de taichi, mientras espera el autobús. Eso es apenas un detalle de la ciudad, que habla de un mundo que sorprende y agrada a cada paso.

Tras la ocupación japonesa y la guerra contra Mao Tse-tung, al final el Kuomintang dirigido por Chiang Kai-shek tuvo que ceder el territorio de China continental a los comunistas, y se hizo fuerte en la actual Taiwán, donde gobernó desde 1949 hasta 1975.

El Kuomintang estaba apoyado en especial por sectores medios y empresariales altos que migraron a Taiwán con el nuevo gobierno. Resultado, a Taiwán llegaron con su conocimiento los que sabían de finanzas y economía, del mundo empresarial, de contactos internacionales, y esto arrojó una gran diferencia en el desarrollo industrial que hoy es elocuente. En poco más de sesenta años, Taiwán, que tiene dos veces el tamaño de Manabí, es una de las grandes potencias del mundo, aunque no es reconocida por las Naciones Unidas. Una injusticia incalificable e insostenible. Pero esa es otra historia.

Por lo pronto, la isla cuenta con todos los atractivos que el más exigente turista puede exigir. Playas y montañas, bosques, ciudades con impactantes centros comerciales para quien busca el mundo de las compras, museos que erizan la piel, comida nacional e internacional, reservas de comunidades nativas que hablan más de una docena de lenguas, pueblos que son como un viaje al pasado, envueltos en una burbuja de paz y poesía. Eso es parte de Taiwán. Pero, claro, también tienen problemas.

Uno de ellos -nadie lo imaginaría en la población china- es que no quieren reproducirse. La alta calidad de vida hace que la expectativa de vida sea cada vez más alta, que más personas tengan acceso a la educación superior, y en particular las mujeres, que están cada día más capacitadas que los mismos hombres. He ahí parte del problema. En general, se espera que la mujer, para casarse, encuentre a alguien de su mismo nivel o quizás un poco superior, en todos los sentidos. Lo complicado es que en Taiwán las mujeres hace rato que no encuentran una pareja que llene sus expectativas. Son mayoría en las universidades, tienen mejores notas, obtienen más maestrías y posgrados que los hombres, y sus remuneraciones no dejan nada que desear y las convierte en independientes. Y cuando se casan, no quieren tener hijos. No es extraño ver a las parejas pasear por los parques, con un cochecito de niños en el cual, primorosamente adornado, va el perrito de la casa.

Las matemáticas no engañan. Si la curva de la población se mantiene con esa tendencia, dentro de veinte años, es decir pasado mañana, tres grandes universidades tendrán que cerrar por falta de estudiantes. A esta hora, seguro, mientras usted lee estas líneas, los grandes estrategas de esta pequeña pero poderosa nación están planificando algo para adelantarse a esos acontecimientos. Allí nada se deja al azar. Una historia llena de vicisitudes, de guerras y dificultades, con tantas glorias en su pasado, y también con tantas lágrimas, no se puede dejar al capricho de los tiempos.

Taiwán es una poderosa y bella nación que, como las cometas que son un arte y tradición nacional, se seguirá elevando con el viento en contra. Y así como sé que los componentes más importantes de su celular y su computador han sido inventados y fabricados en Taiwán, le entrego estas dos profecías: sus hijos, y con seguridad sus nietos, hablarán mandarín. Y quien visite Taiwán, se quedará siempre con su gente en el corazón.

(*) Este artículo fue escrito cuarenta y ocho horas antes del terremoto que ha causado pérdida de vidas y daños materiales. Nos solidarizamos con el hermano pueblo de Taiwán y sabemos que ninguna fuerza es más grande que la que se agita en el alma de sus hombres y mujeres para seguir levantando su presente y su futuro. (I)

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