¿Te acordás, hermano?

Hay gente capaz de milagros. La señora J.K. Rowling decidió escribir una novela para niños. La hizo a mano, porque no tenía dinero para el más humilde de los computadores. En poco tiempo logró que más de 200 millones de niños en el mundo hicieran lo imposible: apagar sus aparatos electrónicos y dedicarse a la tarea febril de leer toda su obra que suma miles de páginas. Esos niños lectores de Harry Potter pertenecen a la generación de las pantallas, pero también se han hecho lectores para siempre.

No obstante, Harry Potter, personaje de fantasía, tiene enemigos rabiosos en la realidad de un pueblecito norteamericano llamado Alamogordo. Allí, por primera vez, se explotó una bomba atómica en plan experimental para luego ser descargada sobre Hiroshima tres semanas más tarde. Quizás los efectos acumulados de la radiación han enloquecido a algunos de sus habitantes.

Uno de ellos podría ser el sacerdote Jack Brock, que un día organizó una hoguera con libros de Harry Potter en diciembre de 2001. Según el predicador, el libro estimulaba el aprendizaje de distintas formas de hechicería. “Harry Potter es el mismo demonio”, dijo el sacerdote al final del sermón. A la hoguera purificadora se sumaron también las obras de John Steinbeck y Mark Twain. Desde entonces el diablo aparece con menos frecuencia en Alamogordo.

Antes, en Argentina, el 26 de abril de 1976 un Comando del Ejército se reunió en un patio de la institución. Sus miembros traían libros en la mano. Maravillas: Freud, Marx, Sartre, Camus, Darwin, Tolstói, Dostoievski. Pero no para leerlos, porque los tipos no olían propiamente a inteligencia, sino a gasolina. Los tiraron al piso y enseguida entraron soldados con carretillas cargadas con miles de libros que habían incautado en librerías, bibliotecas y casas particulares.
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El informe oficial, sin ningún pudor, decía que “se procede a incinerar este material pernicioso que afecta la mente y nuestra manera de ser cristiana. Así protegemos a la patria, representada en los símbolos nacionales, la Iglesia y los valores tradicionales expresados en el acervo espiritual sintetizado en Dios, Patria y Hogar”. La frase es textual. No redactaban muy bien los militares argentinos. Al parecer, en su vida quemaron más libros de los que leyeron. Se dio la orden: gasolina, cerilla… y los libros desaparecieron. Después desaparecieron los dueños de los libros, arrojados vivos desde los aviones, al Río de la Plata.

Imposible cantar aquello de “¿Te acordás, hermano…?”, porque la idea de los represores es que no recordemos, y mucho menos que tengamos hermanos. Esa es la diferencia: en ajedrez no existe la impunidad.

Brantz-Dementiev, Mogilev, Bielorrusia, 1948

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