UN TIPO MÁS GRANDE QUE ALEJANDRO MAGNO

Imposible no saber algo de Alejandro Magno. Hijo del Rey Filipo, a los catorce años su padre le dijo que tendría que buscarse un reino más grande, porque Macedonia le quedaría pequeño. Y todo, porque Alejandro fue capaz de montar y hacer que el caballo Bucéfalo le obedeciera, cuando el mismo animal había tirado por los aires y a tierra a los más bravos jinetes.

No es cierto que el poder cambie a la gente. Simplemente la descubre. Y como todos estamos llenos de luces y de sombras, también salen las partes oscuras, por supuesto. Eso le pasó a Alejandro Magno, dueño del mundo que se extendía alrededor del Mediterráneo, y que lo llevó inclusive hasta la India.

Tuvo que ser importante y grande, Alejandro Magno, para que lo estemos recordando después de más de 2.000 años. Pero hubo gente a su lado, sin tanto poder y sin espacio en la memoria o en la historia, que fue más grande que él.

Se dice que el poder opera como un neurotóxico en algunos cerebros. El de Alejandro no fue la excepción y, engrandecido por sus logros, un día empezó a creerse Dios. En consecuencia ordenó que todos los que a él se acercaran para hablarle, debían ponerse de rodillas y mirar al suelo.

Así como Alejandro llevaba médicos y astrólogos, botánicos y por supuesto guerreros, también llevaba a un cronista que se encargaba de escribir toda la historia de las batallas y sus conquistas. Ese cronista historiador era Calístenes, su gran amigo desde que eran niños, destacado por su gran inteligencia  y cultura, y a quien el mismo Alejandro le debía muchos de sus saberes. Calístenes era su amigo, su historiador, y de muchas maneras había sido su maestro. Así que cuando Alejandro le exigió a Calístenes arrodillarse para hablarle, Calístenes se negó. “Yo te enseñé a no creer en dioses. Yo no creo en ellos. ¿Cómo podría arrodillarme ante alguien?”.

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Esa fue la respuesta de Calístenes. Y la de Alejandro Magno no se dejó esperar. Lo acusó de traición y lo obligó a estar en una caja, durante mucho tiempo, en la que apenas cabía de rodillas, hasta que decidió asesinarlo. Alejandro, incómodo por lo que vivía con su cronista y maestro, con su amigo de la niñez, le ofreció varias veces el perdón a cambio de que Calístenes se pusiera de rodillas, voluntariamente. Calístenes simplemente se negó a contestarle, como si no escuchara una sola palabra.

La historia de las batallas y las conquistas recuerda siempre a Alejandro Magno. La historia de la dignidad, esa que a veces también se escribe, recuerda a Calístenes como a un grande.

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